Mauricio Aspé

Actualmente, en la comunidad científica existe consenso respecto a que el cambio climático existe, y que es producto de la actividad humana [1, 2]. Como se expone en la primera columna de este especial, en Chile las temperaturas han ido en aumento durante los últimos 50 años, principalmente en la zona centro-sur [3].

La situación es especialmente crítica porque los océanos son un guatero gigantesco [4], cuyas temperaturas no volverán a la normalidad mañana porque comenzamos a implementar buenas políticas hoy. Además, nuestro marco institucional ha tomado caminos equivocados para enfrentarse a la catástrofe.

El cambio climático se ha venido advirtiendo desde hace mucho tiempo [5], pero el neoliberalismo ha insistido en desconocer la realidad y magnitud del problema. Empresas privadas y asociaciones empresariales han formado grupos de presión para oponerse al consenso científico [6, 7, 8], mediante las mismas estrategias, buffet de abogados (y un puñado de científicos) con que han negado la relación entre tabaquismo y cáncer [7, 9].

Chile se seca [10]. La sequía en la provincia de Petorca, en la Región de Valparaíso, por ejemplo, ya es bastante crítica [11]. Esto no es consecuencia de que Ud haya tomado una ducha de más de 3 minutos (como insinúa una reciente campaña del gobierno de turno), sino de la irresponsabilidad de ciertos sectores productivos: la minería, los usos industriales y el sector agrícola consumen casi el 95% del recurso hídrico [12].

Respecto a este punto, conocemos la relación entre algunos de nuestros “representantes” (como Edmundo Pérez-Yoma [13]) y la sobre-extracción de recursos. El mismo presidente Sebastián Piñera (junto a Camilo Escalona y Evelyn Matthei, entre otros) ha sido investigado por recibir aportes reservados de grandes pesqueras [14]. Las ganancias se privatizan, las pérdidas se socializan. El saqueo no tiene un único color político.

¿Qué hacer para detener la inminente catástrofe producida por el cambio climático?

En esta columna, me enfocaré en dos aristas: la conducta humana y el marco institucional que regula estas conductas.

Corrientes hegemónicas dentro de la teoría evolutiva y la economía neoclásica (base del neoliberalismo) han asumido, en general, que el humano se comporta de un modo estrictamente egoísta (lo que hace bastante sentido pensando en ejemplares como los mencionados más arriba).

Bajo esta conceptualización, la solución muchas veces propuesta (o derechamente impuesta) es la vieja receta neoliberal: privatizar. El otro bando no se queda atrás, recurriendo a su propia “vieja confiable”: estatizar. Pero, ¿qué pasaría si fuesen las mismas comunidades las que definieran los marcos institucionales con que explotan los recursos comunes?

Para la “economía de pizarrón” esto no funciona: sujetos estrictamente egoístas extraerán la mayor cantidad de recursos posibles, agotando el recurso común [15]. Sin embargo, existe amplia evidencia que, analizando cómo comunidades reales manejan la extracción de recursos, muestra lo contrario: cuando las mismas comunidades regulan la extracción, ésta se torna sostenible. Este es uno de los principales aportes de Elinor Ostrom [16] (economista galardonada con el equivalente al Premio Nobel de Economía), cuyo trabajo acumuló un gran cuerpo teórico y experimental sobre las condiciones, en general simples, que permiten que la extracción sea sustentable cuando sus reglas están definidas por las mismas comunidades (una de sus principales obras, “El Gobierno de los Comunes”).

Sin embargo, lo que funciona en el pizarrón no es necesariamente lo que ocurre en la práctica. A veces es pertinente abordar los problemas al revés, como lo hace la denominada “Ley de Ostrom”: un régimen de extracción que funciona en la práctica puede funcionar en la teoría.

Desde la economía conductual se han desarrollado experimentos que no sólo replican lo observado por Ostrom, sino que también entregan luces sobre los mecanismos que permiten que esto funcione. Un experimento ilustrativo es una variación del denominado “Juego del pozo común” [17], que muestra cómo nos comportamos extrayendo recursos comunes a través de distintas generaciones [18].

En este juego participan 5 sujetos, a los que llamaremos la “generación 1”. El experimentador les dice que hay un pozo con 100 monedas (pensemos en un bosque con 100 árboles, o una napa con 100 m3 de agua), donde este pozo representa el recurso común. Cada sujeto de la generación 1 puede extraer entre 1 y 20 monedas, las que quedan para su propio bolsillo — representando así la ganancia que cada sujeto obtiene al extraer recursos del pozo común. Esto es como si pudiera decidir talar entre 1 y 20 árboles, o extraer entre 1 y 20 m3 de agua. Si la extracción total de la generación 1 (esto es, la suma de lo que extraen todos los individuos de esta generación) es menor a 50 monedas (el umbral de sostenibilidad en el tiempo), se le permite usufructuar del pozo común a un nuevo grupo de 5 sujetos, distintos a los anteriores, a quienes llamaremos la “generación 2”.

Por el contrario, si la extracción total es mayor a 50 monedas, el recurso se agota y el juego se acaba, impidiéndole usufructuar del recurso común a la nueva generación de sujetos. Mientras el pozo común no se agote, en el juego pueden participar hasta 20 generaciones. El lector advertirá que, si los sujetos de cualquier generación fueran estrictamente egoístas, extraerán el máximo posible, sin importarles que esto agote el recurso para las generaciones subsiguientes.

El experimento se corre primero bajo una “institucionalidad” que podríamos llamar “desregulada”: cada cual saca lo que quiere y se lo mete al bolsillo. ¿Adivinan qué es lo que ocurre? Exacto: en promedio, el pozo común se agota en la generación 3, no quedando ningún recurso para la cuarta generación. Uno diría: obvio, es porque el ser humano es estrictamente egoísta.

Sin embargo, si observamos cuánto extrajo, exactamente, cada individuo, lo que vemos es lo siguiente: la mayor parte de los sujetos extrae menos del umbral, mientras que una minoría de ellos extrae más del umbral, destruyendo el recurso común. Moraleja 1: solo una minoría es estrictamente egoístas. Moraleja 2: la institución desregulada, el “yo hago lo que quiero”, no parece ser muy amiga de la sustentabilidad.

Los investigadores hipotetizaron que distintas instituciones provocarían distintos resultados. Por ende, corrieron el mismo experimento, pero bajo otra “institucionalidad”: una democracia vinculante: lo que se extrae se decide por votación (democracia), y los sujetos están obligados a extraer lo que la votación ordene (vinculante). De este modo, los sujetos de cada generación votan cuánto se extrae, y luego cada sujeto puede extraer únicamente la mediana (si ordenamos los votos de menor a mayor, el voto que está en el medio) de esta votación.

Adivinen ahora qué ocurre: el nivel de extracción definido por voto vinculante es menor al umbral de extinción del recurso, por lo que el pozo común no se extingue, sosteniéndose a través de las 20 generaciones que participaron en el experimento.

¿Qué es lo que permite que, por democracia vinculante, la extracción del recurso sea sostenible?

Simple: lo que quieren extraer los jugadores egoístas se ve atenuado por el voto de los jugadores no-egoístas, lo suficiente como para que la extracción sea menor al umbral de extinción. En otras palabras, una mayoría, con más tendencias sociales y que extrae de un modo sustentable, contrarresta a una minoría estrictamente egoísta, pero solo si esta minoría está forzada a extraer lo que la votación dictamine.

En fin. La explotación del medio, que nos tiene al borde de un cambio climático catastrófico, no es necesariamente producto de nuestra “naturaleza”: instituciones eficientes podrían ayudar a revertir el colapso. Quizá la solución esté en la sabiduría de las comunidades mismas, las que en general no tienen voz ni voto.

Ya lo menciona Macarena Solís, citando a Thoreau, en la segunda columna de este especial: “como si un pueblo no pudiese tener otro interés en un bosque que el de cortarlo”. Pero claro, nuestras instituciones actuales están hechas precisamente por y para quienes no tienen otro interés que el de especular y cortarlo…

Referencias:

[1] El Diario. (2013). El consenso científico sobre el origen humano del cambio climático es casi absoluto

[2] Hayhoe, K. (2018). When facts are not enough. Science, 943-943.

[3] Ministerio del Medio Ambiente. Chile. (2018). Cuarto Reporte del Estado del Medio Ambiente. Capítulo: Cambio Climático.

[4] Debo esta analogía (guateros e inercia en las temperaturas del océano), a los simples y coloquiales, pero no por eso menos rigurosos, comentarios del Prof. John Ewer (Universidad de Valparaíso).

[5] Weart, Spencer (2008). The Carbon Dioxide Greenhouse Effect. The Discovery of Global Warming. American Institute of Physics.

[6] Begley, S. (2007). The Truth About Denial. Newsweek.

[7] Wikipedia. (2019). Negación del cambio climático

[8] Cushman, J. (1998). Industrial Group Plans to Battle Climate Treaty. New York Times

[9] Hertsgaard, M. (2006). While Washington Slept. Vanity Fair

[10] González, K. (2019). Chile se seca: reportes del MOP dan cuenta del real déficit de agua. La Tercera

[11] Bolados, P. (2018). La naturaleza política de la sequía en Petorca. CIPER.

[12] Ministerio de Obras Públicas. (2012). Chile cuida su agua. Estrategia nacional de recursos hídricos.

[13] Arellano, A. (2017). Corte Suprema zanjó polémica disputa por derechos de agua en Petorca. CIPER

[14] Fuentes, R. (2017). Piñera, Escalona, Undurraga, Matthei, el listado de los políticos financiados por las pesqueras. Radio U. de Chile

[15] En la literatura esto ha sido ampliamente discutido bajo el concepto de “La tragedia de los comunes”.

[16] Wikipedia. (2019). Elinor Ostrom

[17] Walker, J. M., Gardner, R., Herr, A. & Ostrom, E. Collective choice in the commons: experimental results on proposed allocation rules and votes. Econ. J. 110, 212–234 (2000).

[18] Hauser, O. P., Rand, D. G., Peysakhovich, A., & Nowak, M. A. (2014). Cooperating with the future. Nature, 511(7508), 220.

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Mauricio Aspé
Psicólogo. Doctor en Ciencias, mención Neurociencia. Investigador de la División de Neurociencia Social de la Comunidad de Investigación de la Cooperativa "La Tejedora". Su área de especialización es la neurobiología de la toma de decisiones económicas humanas, con especial énfasis en conductas prosociales y preferencias institucionales endógenas. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com