Macarena Solís

“Quiero decir unas palabras en nombre de la naturaleza, de la Libertad absoluta y de lo Salvaje, en contraste con una libertad y Cultura meramente civiles, – Considerar al hombre como un habitante, o una parte y parcela de la Naturaleza, más que un miembro de la sociedad”, Henry David Thoreau, Walking (1862).

Abril es el mes del cambio climático, desastre de proporciones que llega a nosotros bajo el gentil auspicio del mal entendido progreso de la raza humana. Los glaciares se derriten, el nivel del mar aumenta, las selvas ya no son selvas, y la flora y fauna luchan por mantenerse en pie. Inmersos en este contexto, se hace imprescindible tomar medidas drásticas a nivel mundial, que requieren de una profunda reflexión sobre cómo hemos estado existiendo y habitando el planeta que nos cobija.

El filósofo y naturalista Henry David Thoreau, quien vivió entre 1817 y 1862, en Concord, Estados Unidos, reflexionó mucho al respecto, sin siquiera haber observado un atisbo de lo que hoy nos toca presenciar. Le bastó con la “Fiebre del Oro”, le bastó con la desmesurada pasión por los adelantos de una incipiente vida moderna que no entendía ni quería entender, le bastó con el romance tortuoso entre el  ser humano y el dinero.

Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos cada mañana, está en peligro de ser considerado un vago; pero si gasta un día completo especulando, cortando esos mismos bosques, y haciendo que la tierra se quede calva antes de tiempo, es un estimado y emprendedor ciudadano. Como si un pueblo no pudiese tener otro interés en un bosque que el de cortarlo”. Es parte de lo que postula el autor en el ensayo “Life without principle”, escrito en 1863.

Thoreau vivió toda su vida en Concord, y afirmaba que no era necesario salir de un pueblo para conocer el mundo entero. Así, sus reflexiones, escritas en un contexto local, se vuelven hoy universales. Ellas nos invitan a cuestionar la forma en que permitimos que nuestras vidas sean conducidas por el ruido de las ciudades, donde vivimos pensando en cómo llegar a fin de mes, y la existencia se nos va en un sinfín de semanas seguidas por sus sábados y domingos, únicos días que disfrutamos y esperamos largamente, como aguantando la respiración.

Sin embargo, Thoreau pensaba que la vida tenía que ser más que esto. ¿Podríamos decir que estamos de acuerdo con él, viviendo en sociedades que construimos a partir de la continua destrucción de Lo Salvaje? ¿Podríamos realmente hacerlo, en un momento histórico que no nos permite salir de esta producción en cadena en que se ha convertido la existencia?

Thoreau propone que contemplemos y abracemos aquello que no tiene aparente utilidad, lo que existe porque Es, y no porque Deba Ser; el atardecer y el ocaso por sobre el saldo de nuestras cuentas rut. Pero el amor al dinero sigue siendo, como era durante la Fiebre del Oro, el valor supremo que guía nuestra existencia, y el timón que parece conducir nuestras sociedades. Y de esta forma, no solo destruimos nuestro hábitat, sino también la esencia misma de nuestra propia humanidad.

¿Podemos, entonces, seguir ignorando las señales que nos está dando con claridad el planeta? ¿Es ético continuar caminando por la senda que nos mantiene en la ceguera de creer que somos la única especie terrestre relevante, y que nos da el supuesto derecho de seguir destruyendo todo a nuestro paso?

La respuesta, si pensamos la vida en los términos que desde hace casi dos siglos nos plantea este autor, parece ser un rotundo no.

Fotografía principal: Francisco Jaramillo – Humedal Salida Sur de Valdivia.

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Macarena Solís
Bioquímica. Ha publicado un libro de Poesía (La marca del fuego, de Ediciones Oxímoron) y una traducción de ensayos de Henry David Thoreau (Qué aprovechará el hombre - Alquimia Ediciones). Periodista Científica, dirige la revista de divulgación científica El lado B. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com