Lorena Díaz

La comercialización de la sacarina ha significado una de las revoluciones más grandes de la industria alimentaria. La sacarina es un edulcorante artificial sin valor energético -es decir, sin calorías-, es aproximadamente 300 a 400 veces más dulce que el azúcar y no reacciona químicamente con otras sustancias, por lo cual su conservación es sencilla.

La sacarina fue producida por primera vez en 1879 por Constantin Fahlberg en el laboratorio de Ira Remsen, en la Universidad Johns Hopkins. Este último recibiría, en 1923, la prestigiosa Medalla Priestley, el mayor galardón otorgado por la Sociedad Americana de Química. Siete años después, en 1886, Fahlberg comenzó la producción masiva de esta sustancia en una fábrica en Alemania [1]. Sin embargo fue mucho después, entre los años 1960 y 1980 que la popularidad de la sacarina como edulcorante se disparó, en corcondancia con la masificación de las dietas para bajar de peso.

Hoy, casi 40 años después, el consumo de alimentos libres de azúcar continúa en aumento debido al alza de las tasas de sobrepeso y obesidad, incidencia de enfermedades cardiovasculares y enfermedades metabólicas como la diabetes tipo 2 en la población mundial. Para ello, se utilizan edulcorantes que son cientos de veces más dulces que el azúcar. Dentro de los edulcorantes están los no-nutritivos, que pueden ser sintéticos como el acesulfamo K, aspartamo, ciclamato, sacarina y sucralosa, o naturales como la taumatina y los glucósidos de esteviol. Los edulcorantes nutritivos, como los polioles y los alcoholes del azúcar, son por ejemplo el maltitol, sorbitol, xilitol y eritritol.

La European Food Safety Authority, agencia de la Unión Europea, y el Codex Alimentarius, conjunto de normas respaldado por la FAO, han evaluado y confirmado que estos edulcorantes son seguros para el consumo humano y no causan cáncer u otros problemas de salud relacionados, siempre y cuando su ingesta no sobrepase la dosis diaria recomendada [2].

En Chile, el uso de los edulcorantes artificiales es regulado por el Reglamento Sanitario de los Alimentos, artículo 1467 [3]. Y a pesar de que son bien tolerados por el organismo, sus efectos sobre la intolerancia a la glucosa y la alteración a la composición de la microbiota intestinal son controversiales.

Las comunidades bacterianas intestinales, también conocidas como “flora intestinal” o “microbioma”, juegan un papel fundamental en la salud humana, dado que participan en el metabolismo, la inmunidad, el crecimiento y la regulación del sistema nervioso [4][5]. Muchas investigaciones dan cuenta que el consumo de edulcorantes no-nutritivos conlleva al desarrollo de intolerancia a la glucosa ya que genera cambios en la composición de la microbiota intestinal [6].

La composición y el funcionamiento de la microbiota intestinal son susceptibles a los cambios en la dieta, vale decir, modificaciones sustanciales en los hábitos alimenticios, ya sea en la cantidad o diversidad en los alimentos consumidos diariamente, pueden alterar el comportamiento de los microorganismos en el intestino. Hasta ahora, sólo ha sido demostrado que la sacarina, la sucralosa y la estevia modifican la composición de la microbiota intestinal [7].

Al ser consultada al respecto, la nutricionista Valentina Vera de DietingCl [8], advierte que “hay que tener cuidado al interpretar estos estudios porque trabajan con dosis que no son reales, como si alguien se tomara 25 latas de bebida”. Además, agrega que “algunos estudios advierten que ciertos edulcorantes artificiales como el aspartamo, la sucralosa, la sacarina y el acesulfamo-k, han demostrado ser tóxicos para las bacterias en el tracto digestivo.

Se ha demostrado que los edulcorantes tienen un papel activo en el tubo gastrointestinal al interactuar con los receptores de sabor dulce, produciendo cambios en la respuesta hormonal, conduciendo a un aumento en el nivel de insulina circulante”. Por último, recalca que “todo esto continúa en revisión”.

Frente a estos antecedentes, la recomendación es no abusar de los edulcorantes, ni de los alimentos y bebidas dietéticas, ya que, si bien en algunos aspectos son más saludables que consumir azúcar, su ingesta en exceso puede generar daños a nivel sistémico y conducir al desarrollo de enfermedades metabólicas.

Además, es importante conocer la relevancia de los microorganismos que habitan nuestro aparato gastrointestinal, ya que son determinantes para nuestro estado de salud general, y preocuparse de mantener una alimentación equilibrada para no provocar alteraciones.

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Referencias:

[1] https://pdfpiw.uspto.gov/.piw?Docid=00319082

[2] https://www.sciencedirect.com/topics/pharmacology-toxicology-and-pharmaceutical-science/acceptable-daily-intake.

[3] https://www.minsal.cl/reglamento-sanitario-de-los-alimentos/

[4] Clemente, J. C., Ursell, L. K., Parfrey, L. W., & Knight, R. (2012). The impact of the gut microbiota on human health: an integrative view. Cell, 148(6), 1258–1270. doi:10.1016/j.cell.2012.01.035. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22424233

[5] Ma, Q., Xing, C., Long, W., Wang, H. Y., Liu, Q., & Wang, R. F. (2019). Impact of microbiota on central nervous system and neurological diseases: the gut-brain axis. Journal of neuroinflammation, 16(1), 53. doi:10.1186/s12974-019-1434-3. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6397457/

[6] Suez J. et al (2014). Artificial sweeteners induce glucose intolerance by altering the gut microbiota. Nature volumen 514, p. 181-186. https://www.nature.com/articles/nature13793

[7] Ruiz-Ojeda, F. J., Plaza-Díaz, J., Sáez-Lara, M. J., & Gil, A. (2019). Effects of Sweeteners on the Gut Microbiota: A Review of Experimental Studies and Clinical Trials. Advances in nutrition (Bethesda, Md.), 10 (suppl_1), S31–S48. doi:10.1093/advances/nmy037. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6363527/

[8] https://dietingcl.wordpress.com/

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Lorena Díaz
Ingeniera en Biotecnología, diplomada en Comunicación Digital. Asistente Administrativa del Instituto Milenio de Astrofísica MAS. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com