Lorena Díaz

Es probable que muchos de los que están leyendo esta columna no sepan que el pasado 26 de abril la luna estaba en su fase de cuarto menguante [1]. ¿Quién sí lo tenía muy claro? Mi mamá.

Sabiendo cuál iba a ser mi respuesta, mi querida madre me escribe diciendo que quiere hacer la dieta de la luna para bajar de dos a tres kilos en casi 24 horas. “¿En qué consiste?”, le pregunto primero, antes de lanzarme en contra sin saber qué es. Me dice que implica no comer nada sólido, sólo tomar líquidos no endulzados desde las 7 de la tarde del día viernes 26 hasta las 7 de la tarde del sábado 27.

Inmediatamente intenté buscar en internet alguna explicación razonable de por qué no habría que hacerla y de los peligros asociados. Sin embargo, no encontré ninguna página confiable, con fuentes respaldadas, que apoyaran mi argumento. Sólo encontré portales de belleza femenina y unos cuantos blogs de “salud” que hablan de esta dieta milagrosa.  Para ser justos, en algunos de ellos si mencionan las contraindicaciones de las célebres “dietas express”, pero la mayoría se remitió a destacar que no era tan efectivo hacerla en cuarto creciente como lo era en luna llena.

Desde mi formación científica, moría por decirle que consumir sólo agua por 24 horas le podría provocar un desequilibrio oxidativo. No obstante, mis humildes conocimientos de comunicación me hicieron optar por decirle que es una típica dieta con rebote y que probablemente el peso que perdería lo podría recuperar fácilmente.

Y es que en estos casos uno siempre puede optar por uno de dos caminos: argumentar en base a la fisiología, la biología y la química básicas, corriendo el riesgo de no ser entendido por la otra persona y simplemente perder su atención; o aludir a la baja efectividad de estos inventos de las pseudociencias. Dado que la mayoría de la población muchas veces no comprende explicaciones muy técnicas -y no los culpo ya que a veces los científicos somos poco claros- conviene irse por la segunda opción.

El problema es que ahí perdemos una batalla. Los científicos fallamos día a día en  pequeñas batallas como estas, cuando el interlocutor es un familiar o un amigo. Pero estas batallas cotidianas a veces pueden escalar a grandes dimensiones como la del movimiento antivacunas.

Siguiendo con la historia, y como en toda situación comunicacional, es un hecho que “hay que conocer a tu público” y no me podía poner a buscar papers sobre la ineficacia de la dieta de la luna y enviárselos a mi mamá. Finalmente, le envié una página medianamente confiable en donde recalcaban que no hay evidencia científica respecto a que las fases lunares inciden de alguna manera en nuestro peso corporal y que la dieta de la luna no está validada ni por la comunidad científica ni por la comunidad médica.

Consultada al respecto, la nutricionista Valentina Vera de Dieting.cl [2] señala que “el efecto de esta dieta sobre el organismo es que los alimentos licuados son más fáciles de absorber y dan la sensación de saciedad al aumentar el volumen del estómago”. Sin embargo, también agrega que “en esta consistencia (líquida) existe pérdida de minerales, vitaminas y macronutrientes”. Con esta estrategia la persona logra desnutrirse y sobre-hidratarse en esas 26 horas”. Y por otra parte “lo que se elimina es el exceso de líquidos que se le entregó al cuerpo, lo que logra disminuir algunos gramos o kilos, dependiendo de la persona”. Añade, como dato interesante, que el “creador” de esta dieta es un traumatólogo especializado en pies, lo que podría explicar, en parte, la falta de criterio.

Un estudio publicado en 2017 analizó la presión arterial de 95 individuos sin historial clínico de hipertensión durante el período de Ramadán en las ciudades de Izmit, Zonguldak, Sivas y Adana, en Turquía. 40 de ellos ayunaron durante Ramadán y el resto comió normalmente. Su presión sistólica, que corresponde a la presión que la sangre ejerce sobre las paredes de los vasos cuando el corazón se contrae, fue medida a las 0, 4, 13, 14, 18, 19 y 20 horas de inanición. Los resultados mostraron un aumento significativo de la presión sistólica en aquellos individuos que no consumieron alimentos en las mediciones de las 18, 19 y 20 horas [3]. Lo delicado es que cuando la presión arterial se mantiene alta por mucho tiempo, significa que el corazón está bombeando con demasiada fuerza, realizando un trabajo excesivo, lo que puede ocasionar serios problemas de salud como ataques cardíacos, accidentes cerebrovasculares, insuficiencia cardiaca, e insuficiencia renal [4].

A pesar de lo masivas y populares que son estas dietas exprés, no es mucha la investigación dedicada a ellas. Esto permite que cualquier personaje con una mínima cuota de carisma se presente en los medios de comunicación hablando de su propio régimen alimentario, prometiendo resultados extraordinarios, sin referirse a las consecuencias fisiológicas que este pudiera provocar. Es, entonces, labor de las comunidades médica y científica, aclarar a la población cuál es la verdad, utilizando un lenguaje cercano y certero, que no deje cabida a dudas.

Invito a todos los científicos a preocuparse más por estas pequeñas batallas cotidianas, y a todos ustedes lectores a contarnos qué otras dietas o tratamientos populares les gustaría desmitificar aquí en Chile Científico.

Referencias:

[1] https://www.timeanddate.com/moon/phases/

[2] https://dietingcl.wordpress.com/

[3] https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/28225380

[4] https://medlineplus.gov/spanish/highbloodpressure.html

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