¿Qué hay detrás de las “cajas de alimentos”?

Para quienes crecimos durante la transición, nos dijeron que la pobreza era algo del pasado. Chile no era como el resto de los países de América Latina y la palabra “hambre”, había que asociarla con África. Pero en nuestras ciudades habían familias para quienes el hambre era cotidiana. La transición maquillaba a Chile tan cerca del desarrollo, que “ser de clase media” se convirtió en nuestra identidad nacional.


Sin embargo, en estos últimos meses el concepto de “clase media” desapareció de los discursos oficiales. Para entender las implicancias de este hecho debemos comenzar revisando lo que sabemos sobre ella. Desde las Ciencias Sociales, la clase media ha sido objeto de investigación hace más de una década en Chile dando paso a una nutrida producción científica [1,2].

Hoy “la clase media” indica “todo y nada” a la vez [3].

La clase media representa “todo”, es nuestra identidad nacional, pues encarna los ideales de nuestro modelo económico y social: “ser de clase media” se vincula a la promesa de la meritocracia que, tarde o temprano, retribuirá justamente nuestros esfuerzos en mayores ingresos, mejores condiciones de vida, y movilidad social ascendente (ya sea para nosotros o nuestros hijos). En este sentido, la clase media es la mejor aliada de las políticas públicas que consideran al mercado como el árbitro para distribuir recursos y oportunidades (tales como la educación subvencionada y basada sobre mecanismos de selección).
La clase media, no obstante, es un concepto tan amplio y usado transversalmente, que invisibiliza nuestra estructura social bajo nuestra biografía y aspiraciones personales. En este sentido, las políticas públicas diseñadas para este grupo social (tales como la masificación de créditos de consumo y la educación subvencionada) poco hacen por resolver las inequidades que hacen casi imposible materializar la promesa de la meritocracia.

La clase media representa “nada” porque en ella cabemos todos: de hecho, casi el 70% de los chilenos decimos ser de clase media, en una diversidad que va desde un Presidente de la República que actualmente ocupa el lugar 804 en el ranking Forbes, hasta quienes son beneficiarios de los bonos, subsidios, y gratuidades que incluyen el término “clase media” [4], incluyendo a todos quienes se identifican con expresiones tales como “no soy pobre, pero tampoco rico”.
Todo lo anterior tiene correlatos prácticos. Por un lado, la literatura reconoce distintos sectores al interior de la clase media, dando cuenta de su carácter heterogéneo. Por ejemplo, si analizamos su definición por ingresos familiares, la clase media chilena se define por un rango que oscila entre 2,5 millones y 600 mil pesos mensuales por hogar [5]. Sin embargo, si tomamos un hogar compuesto por 4 personas que disponen de un total de 600 mil pesos al mes, sus integrantes resbalarían de este grupo pues, per cápita, los 4 se ubicarían por debajo la línea de la pobreza por ingresos [6]. Por otro lado, la identidad de clase media creó un sentido de pertenencia que muchas veces dificultó el debate sobre desigualdad social, reduciéndolo a diferencias personales y no a inequidades estructurales. Ser de clase media es un lugar seguro que nos permite hablar de clases sociales sin nombrarlas. Ejemplos cotidianos sobran: para toda persona que haya vivido en Chile por el tiempo suficiente, sabe que basta el sonido de una sílaba para saber que no es lo mismo vivir en “shile” que en “tchile” [7], dos realidades que corren por carriles paralelos dentro de un mismo país.

Lo que ha develado la pandemia

La pandemia llegó a removerlo todo, marcando una coyuntura en los discursos oficiales ya resquebrajados desde octubre.
Durante el estallido de octubre, los discursos oficiales apelaron a la clase media como símbolo de la unidad nacional. Se le pidió perdón por “no hacer caso de sus temores y carencias”, mientras se buscaba su lealtad para con el modelo económico y social que les proveyó de oportunidades que antes resultaban totalmente impensadas. Meses después, la clase media ha desaparecido de los mismos discursos que antes le otorgaban un protagonismo absoluto. La clase media, al parecer, ya no inspira relatos épicos (en la “Batalla por Santiago”), ni evoca declaraciones románticas (en donde “solo el pueblo ayuda al pueblo”), ni se sostiene por sí sola como la meritocracia prometió. ¿Qué cambios supone este cambio de estrategia?


En términos prácticos, la desaparición de la clase media ha dado paso a la “pobreza” – palabra que no era mencionada en una comunicación oficial desde 2009 [8] – encontrando entre “los más vulnerables” el protagonista, aliado, y destinatario de bonos, y subsidios. Sin embargo, la clase media es, casi, una expresión que no se quisiese nombrar. Como ya apareció en una columna: a fin de cuentas, “la clase media vulnerable no era más que una pobreza con acceso a crédito” [9], una grieta que el modelo económico y social rellenó con políticas sociales que solo maquillaron carencias materiales. Desde las Ciencias Sociales, no obstante, las nociones de “clase media” y “vulnerabilidad” aparecen ligadas en conceptos tales como “inconsistencia posicional” [10]: para ciertos sectores – con excepción de la clase media acomodada – siempre ha existido la imposibilidad de consolidar su posición en la sociedad, estando siempre “a un paso” de (re)caer en la pobreza: este miedo permanente, antes asociado a una enfermedad mental, un desastre natural imprevisible, o a la cesantía, hoy lo representa contraer COVID-19 y el ciclo interminable de cuarentenas dinámicas.


La pandemia, no solo ha traído nuevas representaciones de este miedo, sino que, también, ha agudizado estos temores. Asimismo, dichos miedos se han extendido a sectores que, quizás, se pensaron seguros hasta que comenzaron las cuarentenas en marzo. Pensemos, por ejemplo, en quienes confiaron en la meritocracia y siguieron sus reglas: aquella primera generación universitaria, hoy endeudada con créditos universitarios e inmobiliarios, quienes nunca consiguieron un contrato de trabajo formal pese al diploma universitario, o en aquellos que optaron por emprender, pero que hoy no pueden abrir sus negocios.

¿Cuál ha sido la respuesta desde las políticas públicas?

Si bien la pandemia supone un escenario de emergencia y, por tanto, requiere una respuesta rápida; lo cierto es que se ha vuelto a aplicar una receta conocida: más instrumentos de mercado y garantías estatales de duración limitada. La diferencia, claro, es que los criterios de focalización se han flexibilizado para lograr su masificación y alcanzar nuevos sectores. Ello, ha derivado en la aplicación de la misma receta de bonos y subsidios, junto a algunas innovaciones como las cajas de alimentos, para un número mayor – pero todavía indeterminado – de millones de chilenos vulnerables [11].
¿Qué efectos podemos esperar de estas medidas? Es probable que no haga nada con la vulnerabilidad que dice combatir, tanto en el mediano como en el largo plazo. Sin embargo, la desaparición de la clase media de los discursos oficiales mientras se aplica la misma receta de políticas públicas puede abrir una puerta, pues nos obliga a dejar de ignorar el debate sobre cuán desigual es nuestra sociedad y cuáles son las políticas públicas más efectivas si queremos combatirla.


La entrega de bonos, subsidios, y cajas de alimentos ha develado cuán ineficaz es nuestro Estado de Bienestar [12] al dejar la red de protección social al vaivén del mercado y a respuestas cortoplacistas a coyunturas específicas. Si bien el riesgo de contraer COVID-19 es transversal, no todos tenemos las mismas oportunidades de hacerle frente: definitivamente, no es lo mismo enfermarse en “shile” que en “tchile” porque ambas realidades no cuentan con condiciones equiparables para hacerle frente al interminable ciclo de cuarentenas dinámicas.


La radicalidad de las medidas, acompañadas de explicaciones corto-placistas, solo han acrecentado la vulnerabilidad haciendo imposible desligarla del hambre: se vive el día, se planifica semana a semana, mientras se espera que la autoridad controle su cumplimiento. Hay pocas certezas, incluso para sectores que nunca conocieron la pobreza: tanto la clase media “baja” como la clase media “media” (sector que, se supone, nunca se había enfrentado la pobreza ni el hambre) se enfrentan a un descenso social casi sin escalas [13].
La entrega de bonos, subsidios, y cajas de alimentos también ha develado cuán desigual es un país que se decía “de clase media”. Estas medidas resultan ineficaces en el corto y largo plazo porque no solo nuestro Estado de Bienestar es débil, sino que nuestro mercado también lo es. Nuestra red de protección social ha sido inoperante debido a su débil institucionalidad y capacidad: los bonos no protegen lo que dicen proteger, los subsidios no alcanzan a cubrir lo que pretenden pagar, y las cajas de alimentos no han llegado a la mayoría de los hogares a los que se anunció su llegada. Nuestros mercados, han puesto en jaque la disponibilidad de alimentos para la subsistencia, mostrando que su funcionamiento se acerca más a un “capitalismo jerárquico de lazos familiares” [14] que a la eficiente regulación de la oferta y la demanda. Al respecto, pensemos cómo han actuado durante la pandemia instituciones como LATAM, las Isapres, o Cencosud.


Lo anterior es de gran importancia pues este conjunto de medidas y omisiones oficiales perpetúa una lógica en donde se culpa a “quienes tienen menos” por la “carga excesiva” que significa el “que dependan del Estado”, ignorando el rol clave de “quienes tienen más” en (re)producir la desigualdad. En Chile, dos de las razones que explican que tanto el Estado como los mercados sean débiles no se debe solo a un patrón de desigualdad “persistentemente alto” [15] sino que, también, es una desigualdad primordialmente impulsada desde “la parte superior” [16] de la pirámide social. Pensemos en que casi el 50% de lo que el Estado de Chile recolecta corresponde al Impuesto de Valor Agregado (IVA) [17], el impuesto más regresivo de todos y que afecta mayormente a quienes “tienen menos”. Si compramos un kilo de pan, el 19% de IVA es la misma cifra “absoluta” para todas las personas, sin embargo, su peso “relativo” varía a lo largo de distribución de ingresos. En este sentido, “pertenecer a la parte superior” – a esta cúspide, o grupo cerrado – no solo implica “tener más” sino que “tener en exceso” dinero, recursos, privilegios y, sobre todo, poder.

¿Entonces, qué hacer?

La desaparición de la clase media en los discursos oficiales, definitivamente, abre una discusión compleja, con distintas capas de profundidad. Puede parecer un detalle durante una pandemia que ya ha significado miles muertes en el mundo. No obstante, más que una sutileza, su omisión no debe ignorarse y, por el contrario, supone abrir la discusión sobre las consecuencias en el corto y largo plazo: ¿realmente las medidas implementadas combatirán la vulnerabilidad de cada vez más amplios sectores?, ¿cuáles serán sus implicancias para nuestra estructura social y patrón de desigualdad? ¿“vulnerabilidad” o “ser de clase media” significarán lo mismo después de la pandemia? Al menos, sabemos que, históricamente tanto la definición de clase media, como sus ocupaciones, posturas, y repertorios políticos, han variado [18].


Es cierto que, por un lado, la desaparición de la clase media de los discursos oficiales – asociada a la aparición de las ollas comunes y la censura del hambre [19]– ha desmontado el mito de ser un “país de clase media”. Sin embargo, es menos cierto que esto se ha traducido, hasta ahora, en cambios hacia un Estado de Bienestar y mercados más modernos, inclusivos, democráticos, y eficientes. Necesitamos que las autoridades reconozcan tanto la evidencia que las Ciencias Sociales han producido, como las necesidades y las formas de organización de gente. El llamado, entonces, es invitarles a salir de “la caja”, a no sólo responder a lo que se dice, sino que también, aprender a responder a lo que se calla.
Debemos seguir prestando atención a los silencios en donde antes había palabras y sentido común.

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