Desastres socionaturales y la proyección del peor escenario

El 2020 llegó con una serie de eventos inesperados: la pandemia mundial, el confinamiento masivo, la crisis social, y como si fuera poco, un sismo de magnitud 7.5 y de 5 km de profundidad, azotó a Oaxaca, México, el 23 de junio pasado. Parece legítimo preguntarnos cuándo nos tocará a nosotros, sobre todo en un país que sabe de terremotos, tsunamis, aluviones, erupciones volcánicas, incendios y tantos otros eventos catastróficos. 

¿Ocurrirá algún desastre natural en este sinuoso año? ¿Somos acaso un país “yeta”? Buena o mala suerte, lo cierto es que nuestro país es muy particular: se emplaza en un margen activo, perteneciente al Cinturón de Fuego del Pacífico; es lo suficientemente largo para presentar variabilidad climática tanto en ecosistemas montañosos como costeros; cuenta con territorios áridos, semi-áridos y boscosos; es propenso a desertificación, sequía y contaminación atmosférica; y con una alta susceptibilidad a desastres naturales. Todas características que, conjugadas, nos hacen, además, uno de los países más vulnerables ante el Cambio Climático [1]. 

No podemos predecir lugar, fecha y hora en la que ocurrirá un evento, más sí podemos establecer rangos, aunque quizás sean poco útiles a escala humana. Concordando entonces en que el momento sería pésimo, cabe preguntarse ¿de qué depende el cómo nos anteponemos a un futuro desastre, en tiempos de pandemia? 

Para hablar de Desastres Naturales es necesario normalizar algunos conceptos clave: 

  • Al hablar de amenaza (o peligro) nos referiremos a todo evento físico (natural o antrópico) que tiene el potencial de surtir efectos perjudiciales en personas, comunidades, propiedades o territorios. La determina su intensidad y periodicidad con la que ocurra. Por ejemplo: sismo, incendio, aluvión, huracán, tornado. 
  • Por exposición o grado de exposición, entenderemos la presencia de bienes económicos, sociales o culturales que se vean afectados por estar presentes en zonas donde existan amenazas.
  • Este término que suele confundirse con la vulnerabilidad, que refiere a las condiciones determinadas por factores tanto económicos, sociales, culturales o ambientales y la susceptibilidad a recibir algún efecto dañino. Numéricamente recibirá un valor de 0 si no hay efectos dañinos y 1 si los daños son totales. 
  • Por último, entenderemos el riesgo como un factor por pérdidas esperadas (ya sean humanas, económicas, de medios de subsistencia, entre otros) según nivel de exposición, vulnerabilidad y amenaza ocurrida. Matemáticamente el riesgo es una función de la amenaza, la exposición y la vulnerabilidad (R=f (A, e, V)).

Veamos un ejemplo concreto.

¿Recuerdan el cuento de “Los 3 cerditos” y el lobo hambriento que se los quería comer? El lobo y su soplido vendrían a ser la amenaza. Como sabemos que existe dentro del territorio de los cerditos, las tres casas representan la exposición. En cuanto a la vulnerabilidad, ésta difiere para cada cerdito: la casa de paja tiene mayor vulnerabilidad con respecto a la de madera y la de madera tiene mayor vulnerabilidad con respecto a la de concreto.

Esta última presentaría bajo riesgo (pero distinto de cero, recordar que el lobo al estar tan hambriento decide meterse por la chimenea, lo que vendría siendo un rasgo de vulnerabilidad en la casa). Esta era la casa del mayor de los cerditos que, al contar con más recursos y experiencia, logra derrotar al lobo. Los otros cerditos contaban con menos experiencia y no tenían conocimientos suficientes para anteponerse ante un evento catastrófico. 

Este ejemplo nos muestra que el problema de fondo no es la amenaza por sí sola, sino que las condiciones para hacerle frente. La condición de desastre, finalmente, queda sujeta a la suerte de cada uno, apelando a un contexto, económico (recursos) y también social (experiencia).  

Por consiguiente, existen autores que, hace ya bastante tiempo, definen un desastre ‘como el resultado de la confluencia entre un fenómeno natural peligroso y una sociedad o contexto vulnerable’ [2,3], donde la vulnerabilidad es una variable más bien social, por lo que cobra mayor sentido referirse a ellos como “desastres socionaturales”. Si consideramos que los factores de mayor vulnerabilidad son: el hacinamiento, el desconocimiento, la falta de experiencia, la falta de institucionalidad, entre un largo etcétera, que responde al momento social de cada territorio.  

Calle Blanco esquina Edwards, Valparaíso, tras el terremoto de 1906. Vistas del terremoto: 16 de agosto 1906.Valparaíso: J.W. Hardy 1906 (Valparaíso: Universo) [2], 9 p.Biblioteca Nacional (en sitio w3.memoriachilena.cl)

Sabiendo esto, veremos que no es casualidad que los mayores costos de estos eventos catastróficos los paguen los más vulnerables. En Valparaíso, por ejemplo, tras el terremoto de 1906, la ciudad vivió literalmente un infierno producto de un incendio que  consumió casi por completo El Almendral, cifrando en más de 60.000 los damnificados [4], que eran principalmente habitantes de conventillos y representaban aproximadamente a un tercio de la población porteña de ese entonces. [5]

Han pasado más de 100 años pero las vulnerabilidades siguen siendo las mismas. El terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010, frescos en nuestra memoria, dejaron en evidencia las falencias del Sistema Nacional de Protección Civil y de Emergencias Nacional. Chile, como país firmante del Marco de Acción de Hyogo (MAH), recibe una evaluación diagnóstica de expertos en Reducción del Riesgo de Desastres, sobre el estado de avance de las prioridades del MAH a nivel nacional.

Las conclusiones fueron lapidarias: nuestro país no contaba con la institucionalidad apropiada para enfrentar desastres, ni marcos específicos que apoyaran su funcionamiento; tampoco existía una normativa sistémica y gestión integral del riesgo [6]. Entregaron 75 recomendaciones y la principal fue conformar una plataforma nacional para la reducción de riesgos de desastres [6]. 

El MAH fue el resultado de un largo camino recorrido en materia de Riesgos de Desastres y Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. En 1990, el lema del primer acuerdo de la ONU ‘Construir una cultura de prevención’ para la nueva década, sienta las bases para asumir compromisos a nivel mundial en materia de desastres naturales. En 1992, la famosa Conferencia de Río (algo así como la precuela de las COP) [7], destaca por incluir una agenda local que enfatiza la relevancia territorial [8]. En 1994, la ‘Estrategia y Plan de Acción de Yokohoma para un Mundo más Seguro’ [6], refuerza la responsabilidad soberana de cada país y el rol que juega la actividad humana en los desastres. Ya para el año 2000, la ONU genera la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD), estableciendo un marco de acción mundial en la materia [9]. Finalmente, el MAH se sostendría entre los años 2005 a 2015.

En el año 2015, durante la 3ra Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Reducción de Riesgos de desastres (en Sendai, Miyagi, Japón), se elaboró un instrumento conocido como el Marco de Sendai (2015 – 2030), buscando anticiparse en materia de Reducción de Riesgos de Desastres y aumentar la Resiliencia [10], todo bajo una mirada de desarrollo sostenible y reducción de la pobreza, que también enuncia alertas ante emergencias sanitarias.

Actualmente, el Marco de Sendai propone siete estrategias en siete años (“Sendai Seven”), entre 2016 y 2022 en el día internacional para la Reducción de Riesgos de Desastres. Para el 2020 corresponde la meta 5: “Aumentar considerablemente el número de países que cuentan con estrategias nacionales y locales para la reducción del riesgo de desastres”, pero la pandemia estaría aplazando su avance.  

Sin duda la pandemia es un factor agravante en materia de Reducción de Riesgos de Desastres. Dentro del “Sendai Seven”, la meta 4 habla de reducir daños causados en infraestructura de servicios básicos, como hospitales, a fin de hacerlos más resilientes para el 2030. La meta 7 habla de incrementar la disponibilidad de sistemas de alerta temprana, sobre amenazas múltiples.

Sin embargo, pareciera ser que ambas metas no se están considerando en nuestro país. Durante febrero, el MINSAL adelantó la entrega de 5 hospitales públicos [11], pero hacerlo significó entregar una infraestructura no terminada, y esto quedó en evidencia tras la caída de un ascensor con una funcionara adentro en las nuevas instalaciones del Hospital de Félix Bulnes. Tal parece que el ejercicio de anteponerse a escenarios catastróficos no se ha tomado con la responsabilidad que merece.

Plano de Valparaíso tras el terremoto del 16 de agosto de 1906. Rodríguez. Rozas A. Y Gajardo C. La Catástrofe del 16 e agosto de 906 en la República de Chile. 

Eventos como el terremoto y tsunami del 2010 aún nos pesan, lo cierto es que tanto los gobiernos, como representantes de la sociedad civil, han concertado esfuerzos para no repetir la historia. La vulnerabilidad en materia institucional, administrativa, tanto a nivel nacional como regional y comunal es menor que hace 10 años, sin embargo, la pobreza tras el COVID crece a pasos agigantados y muchas personas viven en condiciones de hacinamiento o en hogares de alta vulnerabilidad.

Y, aunque Chile pueda estructuralmente estar más preparado para un eventual futuro desastre, hoy, nuestros liderazgos han sido reactivos ante la Emergencia Sanitaria y no han estado a la altura del desafío de anteponerse, literalmente, al peor escenario. Se necesita reforzar la institucionalidad para que ante la eventualidad de un nuevo desastre, en contexto de pandemia: con alto hacinamiento en hogares, centros de salud que no dan abasto y las precauciones respectivas que hay que tomar para evitar el contagio, pero a la vez, realizar evacuaciones efectivas. Que no nos ocurra nuevamente que no tomamos las medidas mínimas necesarias para garantizar la seguridad de las personas.  

Referencias

[1] Ministerio del Medio Ambiente (MMA), 2011a. Segunda Comunicación Nacional de Chile ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Disponible en: http://www.mma.gob.cl/1257/w3- article-50880.html

[2] García, V. (Ed.). 1996. Historia y desastres en América Latina. Volumen I. La Red, CIESAS, Colombia. 290p

[3] Maskrey, A. (Ed). 1993. Los desastres no son naturales. La Red. 137p.

[4] Alfredo Rodríguez Rozas y Cardos Gajardo Cruzat. La Catástrofe Del 16 De Agosto De 1906 En La República De Chile. 2018

[5] María Ximena Urbina Carrasco. Los conventillos de Valparaíso, 1880-1920. Fisonomía y percepción de una vivienda popular urbana. Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2002 

[6] Política Nacional en Gestión de Riesgo de Desastres. https://www.resdal.org/caeef-resdal/assets/chile—pol__tica-nacional-en-gesti__n-del-riesgo-de-desastres.pdf

[7] Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo https://www.un.org/spanish/esa/sustdev/documents/declaracionrio.htm

[8] Agenda Local 21 https://www.un.org/spanish/esa/sustdev/agenda21/index.htm

[9] Estrategia Internacional para La Reducción de Desastres (2004): “Living with risk: a global review of disaster reduction initiatives”, Ginebra, Suiza, 398p. https://www.undrr.org/publication/living-risk-global-review-disaster-reduction-initiatives

[10] Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015 – 2030 https://www.unisdr.org/files/43291_spanishsendaiframeworkfordisasterri.pdf

[11]    Minsal acelera entrega de cinco hospitales como resguardo ante el coronavirus https://www.latercera.com/nacional/noticia/minsal-acelera-entrega-cinco-hospitales-resguardo-ante-coronavirus/1016782/

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