Mauricio Aspé

Margaret Thatcher, famosa primera ministro británica, afirmó que, “no existen cosas tales como las sociedades”. En la presente columna, junto a Gerald Aspé (historiador) buscamos exponer que “no existen cosas tales como los individuos” – o, mejor dicho, que hablar de individuos es tan complicado como hablar de sociedades. Considerar exclusivamente a organismos particulares (Ud, nosotros, un tigre, una araucaria) como individuos es una construcción histórica que presenta problemas en los dominios histórico, económico y biológico. En este sentido, pareciera ser mucho más adecuado pensar en un mundo de relaciones complejas y entrelazadas.

Como veremos, la línea con la que definimos a un individuo se hace bastante difusa cuando pensamos en sus relaciones tanto con otros organismos (incluso algunos que lo componen) como con grupos, colectivos y sociedades. Tan difusa, que grupos y colectivos perfectamente podrían considerarse “individuos”, y ciertamente, no podemos comprender a los individuos sino consideramos que, de hecho, son colectivos.

En un plano histórico, la especie humana se ha enfrentado a un proceso que podría denominarse de “atomización”, en que el valor de lo colectivo ha cedido terreno ante posiciones que podríamos denominar, en el sentido amplio del término, “individualistas”. Este proceso se ha exacerbado durante los últimos quinientos años [1], acelerándose con el arranque del capitalismo como sistema dominante, y de manera más específica con el liberalismo durante el siglo XVIII [2].

Valores basados en la reciprocidad y la redistribución cedieron terreno en una sociedad cada vez más mercantilizada, en la cual el individuo humano, concebido como un “átomo”, indivisible y aislado, se comienza a considerar suficiente para explicar todos los procesos sociales [1,2].

En el plano económico, es justamente dentro de este desarrollo histórico donde aparecen, primero, las ideas de Adam Smith [3], y luego las de la denominada “teoría económica neoclásica”. La dogmática de esta teoría afirma que el orden social puede explicarse a través de (i) agentes individuales (entendidos como organismos humanos aislados) que, además, (ii) actúan por egoísmo e interés propio [4].

Esta conceptualización ha sido insuficiente para explicar una amplia variedad de fenómenos. Por el contrario: se ha demostrado que los humanos (i) no somos estrictamente egoístas, sino que mostramos conductas tales como reciprocidad, confianza y altruismo [6,7]; (ii) que no actuamos aislados, sino en base a las conductas de otros [8], y que (iii) las sociedades no son solo un agregado de individuos, sino que tienen efectos sobre sus conductas [9,10]. Estos descubrimientos generan teorías mucho más explicativas que si solo nos centramos en individuos aislados. Constituimos sistemas complejos, y los sistemas complejos, por definición, no se pueden reducir a los elementos que los constituyen.

Dentro del plano biológico, no es descabellado suponer que Smith tuvo influencia sobre Darwin [11], quien estudió su obra, y cuya teoría de la Selección Natural se basa en la misma paradoja: cómo la diversidad de lo vivo emerge a partir de organismos considerados como individuos (el mayor reduccionismo en una época en la que no existían microscopios) que compiten por su propio interés [11,12].

Sin embargo, los microscopios nos permitieron identificar células como individuos propiamente tales; posteriormente, la ecología nos permitió identificar sistemas orgánicos, con distintos organismos en competencia y cooperación, como entidades que podrían considerarse individuos [13,14].

¿Cómo definimos a un individuo? Los individuos solían definirse a partir de una noción de “individualidad genómica”: un genoma, un organismo/individuo [15].

Esta definición ya presenta perplejidades: Armillaris bulbosa, por ejemplo, es un hongo que se distribuye por una extensa área geográfica en EE.UU. Si uno toma una muestra de ADN de diversos “ejemplares” de este hongo, en cualquiera de los lugares donde crece, resulta que el ADN es virtualmente el mismo. Esto nos hace suponer que es un único individuo, con una biomasa mayor a las 10 toneladas, y una edad estimada en más de 1.500 años [14,15].

La noción de “un genoma, un individuo” presenta perplejidades mayores: un animal es un complejo simbiótico de muchas especies diferentes viviendo juntas. Esto es, un holobionte [16]. Nuestros intestinos contienen 150 especies diferentes de bacterias [13,17]. El genoma de estas bacterias simbiontes es aproximadamente 150 veces más grande que el de nuestras propias células [13,17]. En el sistema respiratorio tenemos otras 600 especies distintas de bacterias, en la piel, otras mil [18-20]. Son poblaciones gigantes de organismos, que viven en nuestro interior y que se extienden hasta nuestro cerebro, siendo bastante probable que incluso puedan influenciar nuestra conducta (sí, leyó bien; [21]).

Esto contradice nuestra concepción de “un genoma, un individuo”: ¿Cómo podríamos ser considerados individuos si no podemos siquiera digerir sin organismos de otras especies conviviendo en nuestro interior? En la actualidad, consideramos bastante plausible que los procesos de evolución, como el de selección natural, podrían estar actuando sobre grupos y comunidades completas de organismos [11-13].

Es más: si dejamos a un humano desarrollarse como individuo aislado, lo más probable es que no se diferencie mucho de cualquier otra bestia. La complejidad cognitiva y cultural que caracteriza a cada uno de nosotros es producto del nicho cultural, de la acumulación social de conocimiento [22]. El self-made man del imaginario neoliberal, el hombre que individualmente se construye a sí mismo, no existe.

¿Qué diferencia podemos observar entre este individuo, plenamente configurado bajo nuestros ojos del siglo XXI, y otros “individuos” que le precedieron? Sociedades como la china o la islámica no entronizaban al individuo (entendido como “un genoma, un individuo”) como una única meta en sí mismo, sino más bien lo entrelazan con un bien colectivo: la valoración del clan familiar, en la primera, o énfasis a los conceptos universales, en la segunda [23]: “Los pensadores budistas de la India admitieron la importancia del individuo […], pero para ellos […] es solo un caso o un momento en una situación dada en el curso transitorio de los acontecimientos” [23].

Hacia inicios del primer milenio, por ejemplo – y a pesar de que las condiciones materiales era muy inferiores a las de la mayoría de las sociedades actuales –, el sistema de valores morales con el que el individuo se relacionaba con el resto de la sociedad eran profundamente distintos a nuestros tiempos. Así nos lo sugiere el medievalista francés Georges Duby (1995): “En este mundo [medieval] duro, de indigencia, la fraternidad y la solidaridad aseguran empero la supervivencia y una redistribución de la escasa riqueza. [..] No existía la espantosa soledad del miserable que vemos en nuestros días” [24].

En conclusión, creemos que caracterizar una sociedad es extremadamente complejo, pero no más de lo que es caracterizar qué es un individuo. Las sociedades, tal como los individuos, existen, pero ambos conceptos son una especie de lente: si cerramos el lente, veremos que las células son individuos (o, incluso, que las células contienen otros individuos); si lo abrimos un poco, veremos que cada uno de nosotros es un conjunto de individuos. Si lo abrimos aún más, nos encontraremos con que sociedades, colectivos, especies e, incluso, relaciones entre colectivos de distintas especies podrían considerarse individuos. La realidad es harto más rica de lo que los ideólogos de turno nos hacen creer.

Nota
[*] Los autores, por ningún motivo, buscan minimizar la importancia de lo que, en uso común, denominamos “individuos”, entendido, por ejemplo, como “organismos humanos”. Los organismos son el sustrato de la alegría, el sufrimiento y la realización, y su unión es la fuerza motriz que subyace a los cambios sociales.

Referencias:
[1] Arrighi, G. (1999). El largo siglo XX. Ediciones Akal.
[2] Wallerstein, I. (2014). El moderno sistema mundial. El triunfo del liberalismo centrista, 1789-1914. Siglo XXI, 4.
[3] En su teoría, Smith le daba gran importancia a conceptos como el que ahora denominamos “empatía” [4] La radicalización del enfoque en el egoísmo individual parece estar más relacionado con la dogmática de la teoría económica neoclásica.
[4] Adam Smith (2016). The Essays on Philosophical Subjects: the Great Master, p.7, VM eBooks.
[5] Weintraub, E.R. (2002). Neoclassical Economics. The Concise Encyclopedia of Economics.
[6] Fehr, E., y Schmidt, K.M. (2006). The economics of fairness, reciprocity and altruism–experimental evidence and new theories. Handbook of the economics of giving, altruism and reciprocity, 1, 615-691.
[7] Hauser, O.P., Rand, D.G., Peysakhovich, A., y Nowak, M.A. (2014). Cooperating with the future. Nature, 511(7508), 220.
[8] Wittmann, M.K., Kolling, N., Faber, N.S., Scholl, J., Nelissen, N., y Rushworth, M.F. (2016). Self-other mergence in the frontal cortex during cooperation and competition. Neuron, 91(2), 482-493.
[9] Ostrom, E. (2009). Building trust to solve commons dilemmas: Taking small steps to test an evolving theory of collective action. In Games, groups, and the global good (pp. 207-228). Springer, Berlin, Heidelberg.
[10] Rodriguez-Sickert, C., Guzmán, R.A., y Cárdenas, J.C. (2008). Institutions influence preferences: Evidence from a common pool resource experiment. Journal of Economic Behavior & Organization, 67(1), 215-227.
[11] Gould, S. J. (2002). The structure of evolutionary theory. Harvard University Press, pp. 121-137.
[12] Sober, E. (2014). The nature of selection: Evolutionary theory in philosophical focus. University of Chicago Press.
[13] Gilbert, S.F., Sapp, J., y Tauber, A.I. (2012). A symbiotic view of life: we have never been individuals. The Quarterly review of biology, 87(4), 325-341.
[14] Wilson, R.A. y Barker, M. (2018). The Biological Notion of Individual, The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Edward N. Zalta (ed.). URL=https://stanford.io/2UqYvit.
[15] Smith, M.L., Bruhn, J.N., y Anderson, J.B.. (1992). The Fungus Armillaria bulbosa is Among the Largest and Oldest Living Organisms”, Nature, 356: 428–433.
[16] Holobionte es un término que describe un organismo integrado, que posee un elemento huésped (por ejemplo, Ud) y una comunidad persistente de simbiontes (por ejemplo, las diversas especies de bacterias que viven en sus intestinos) [21].
[17] Qin, J., Li, R., Raes, J., Arumugam, M., Burgdorf, K. S., Manichanh, C., … y Mende, D.R. (2010). A human gut microbial gene catalogue established by metagenomic sequencing. Nature 464:59–65.
[18] Bäckhed F., Ley R. ., Sonnenbury J.L., Peterson D. A., Gordon J. . (2005). Host-bacterial mutualism in the human intestine. Science 307:1915–1920.
[19] Torres, I. (2019). Hemos evolucionado con y gracias a las bacterias que viven en nosotros. Crónica.
[20] Nuestro sistema inmune, en este sentido, no solo es un “gendarme” que protege al cuerpo de elementos hostiles, sino también un “oficial de extranjería“ que media la participación del cuerpo en una comunidad de otra especies que también se benefician de esta interacción [14].
[21] Zimmer, C. (2019). Germs in Your Gut Are Talking to Your Brain. Scientists Want to Know What They’re Saying. The New York Times.
[22] Boyd, R., Richerson, P.J., & Henrich, J. (2011). The cultural niche: Why social learning is essential for human adaptation. Proceedings of the National Academy of Sciences, 108(Supplement 2), 10918-10925.
[23] Nakamura, H., y Venier, M.E. (1968). El problema del individualismo en Oriente. Estudios Orientales, 3(1 (6), 1-26.
[24] Duby, G. (1995). Año 1000, año 2000: la huella de nuestros miedos. Andrés Bello.

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