La caída del imperio del Ritalin

En los últimos años han surgido personas que han levantado la voz sobre una condición neuropsiquiátrica particular: el déficit atencional con o sin hiperactividad (ADHD o ADD; por sus siglas en inglés).

Respecto al déficit atencional, no fue recién hasta mediados de los años 60, donde parecen los criterios “inatención, impulsividad e hiperactividad”. Eso sí, para esa fecha se mencionaban bajo el concepto de “disfunción cerebral mínima”. Formalmente, el término déficit atencional aparece por primera vez en 1980 [1].

El déficit atencional es una condición que se caracteriza por un patrón de falta de atención, a veces acompañado por hiperactividad, que tiene consecuencias negativas e interfiere con el normal desarrollo y funcionamiento en la vida cotidiana de quien la padece. Se espera que conductas de impulsividad, falta de atención e hiperactividad sean normales y esperables en menores de edad, sobre todo en el contexto de la escuela. Sin embargo, si los síntomas son recurrentes y tienen un impacto sustancial en los contextos donde se desenvuelve ese menor, entonces debe ser tratado.

Pero ¿cómo se diagnóstica?

A través de una exhaustiva evaluación, usualmente tanto al menor como a la madre, padre o tutor. Un gran porcentaje de menores reciben su diagnóstico durante los primeros años de escuela, donde la edad promedio es de 7. Ahora, dentro de los cuestionamientos al déficit, podría mencionar 2 grandes factores: el primero, la forma de llegar al diagnóstico y segundo, el tratamiento con fármacos.

Para el caso del diagnóstico existe un manual, el famoso DMS (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) de la Sociedad Americana de Psiquiatría. Según este libro, para ser diagnosticado con el desorden se debe tener como mínimo 6 de las características de una larga lista y por al menos 6 meses. Además, estos “síntomas” deben afectar a un nivel “que es inconsistente con el nivel de desarrollo y que impacta negativa y directamente en actividades sociales, académicas, ocupacionales” y donde además se cataloga el desorden como “suave”, “moderado” o “severo” [2].

Uno de los problemas que algunos autores han planteado, es que el diagnóstico en sí mismo posee una alta inconsistencia y depende mucho del reporte de un tercero; por lo cual el mayor problema, es que muchos menores que no tienen el déficit son diagnosticados positivamente (y también muchos que, si lo presentan, no son catalogados como tal) [3] . De forma justificada, esto provoca suspicacias en padres y madres. Por otro lado, no existen otros métodos para asegurar el diagnóstico, no hay examen de sangre, ADN, orina u otro que nos pueda decir “el resultado es 99% positivo para ADHD”. 

El otro factor, y quizás el más delicado, es la medicación. Los más usados y que generan más polémica son los psicoestimulantes. Un pequeño repaso histórico: el primer medicamento autorizado para tratar el desorden fue la Benzedrina® que era una tableta de anfetamina (AMPH). Recién el año 1955 aparece el metilfenidato (MPH) bajo la marca Ritalín®, ya para el 2009 había 24 medicamentos y para el 2017 sumaban 35 (la gran mayoría AMPH y MPH) aprobados[4].

Podemos cuestionarnos este tipo de drogas en menores de edad. Una de las razones para recetar anfetaminas es debido a la hipótesis que se han establecido sobre el origen del desorden. Ésta postula que, un área específica del cerebro (corteza prefrontal, PFC, del inglés), los niños y niñas tendrían niveles anormalmente bajos de dopamina[6,7]. Debido al mecanismo de acción de las AMPH, MPH (y de la cocaína) estas provocan directamente un aumento de dopamina en el cerebro, por lo que los niveles de este neurotransmisor aumentarían, acercándose a los valores normales[5]. Esto conllevaría a un mejor funcionamiento a nivel de PFC, área cerebral que se ha involucrado con procesos cognitivos complejos como toma de decisiones, planificación, memoria y aprendizaje.

En los últimos años en EE. UU., se ha observado un aumento sostenido en los diagnósticos [8] y claramente, Chile no es la excepción. Incluso, a la fecha el consumo de MPH ha subido en un 500% [9]. Definitivamente, algo está sucediendo con el ADHD en los últimos 15 años. Otro detalle que no puedo dejar fuera es que el ADHD presenta una alta comorbilidad con otros trastornos, por ejemplo, con depresión (entre 10 a 30%), ansiedad (20 a 25%) y dependencia de drogas (25-50%), además se ha estimado que la prevalencia hasta la adultez de niños diagnosticados es de un 75% [10], lo que convierte al ADHD en un difícil desorden a tratar sobre todo en la infancia.

De estas cifras surgen algunas preguntas: ¿el aumento es debido a una mejor evaluación? ¿O es que está sobre estimado el diagnóstico? ¿Es el resultado de lo obsoleto y poco estimulante que es la escuela hoy en día? ¿Se debería obligar a los niños o niñas diagnosticados a usar farmacoterapia? ¿No se deberían medicar a los niños si estos presentan un desorden neuropsiquiátrico?

El Congreso aprobó la Ley Ritalín

En resumen, la norma estipula que los colegios no podrán obligar a los alumnos con trastornos de conducta como hiperactividad o déficit atencional a tomar medicamentos. El tratamiento del ADHD es variado y la farmacoterapia es una parte de ella, sin embargo, expertos recomiendan que el tratamiento debe ser integral, es decir, no solo basado en medicamentos como tampoco prescindir en su totalidad de ellos.

Estamos de acuerdo que las escuelas deben ser capaces de no solo entregar conocimientos “duros”, sino que dar herramientas para un desarrollo completo de los niños y niñas. Promover el deporte, actividades artísticas, el yoga, la meditación, artes marciales y pintura serían de gran ayuda para tratar trastornos de la atención e impulsividad (de hecho, existen terapias basadas en este tipo de actividades), pero ¿están las escuelas en nuestro país haciendo esto y más por los niños y niñas con el desorden confirmado?

Referencias

[1] “Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder. A historical review (1775 to present)”. L. G. Leahy. JPN Psychopharmacology, 2017.
[2] “Attention-deficit/hyperactivity disorder (ADHD) 314.0X (F90.X) DSM-5tm Diagnostic Criteria” C.R. Reynolds, R.W. Kamphaus., 2013. American Psychiatric Association.
[3] “ADHD prevalence estimates across three decades: an updated systematic review and meta-regression analysis” G. V Polanczyk, E. G Willcutt, G. A Salum, C. Kieling, L. A Rohde, International Journal of Epidemiology, 43, 2, 2014, 434–442
[4] “Behavioral Neuroscience Attention Deficit Hyperactivity Disorder and Its Treatment”. Editors C. Stanford and R. Tannock Part of the Current Topics in Behavioral Neurosciences book series. Springer-Verlag Berlin Heidelberg, 2012.
[5] “The principle features and mechanisms of dopamine modulation in the prefrontal cortex”. J. K. Seamans and C. R. Yang. Progress in Neuroscience, 2004.
[6] “Too little and too much: hypoactivation and disinhibition of medial prefrontal cortex cause attentional deficits”. M. Pezze, S. McGarrity, R. Mason, K. C. Fone and T. Bast. The journal of neurosci, 2014.
[7] “Cognitive enhancers versus addictive psychostimulants: the good and the bad of dopamine on prefrontal cortical circuits”. V. Bisagno, B. Gonzalez and F. J. Urbano. Pharmacological Research, 2016.

[8] https://www.cdc.gov/ncbddd/adhd/index.html National Center on Birth Defects and Developmental Disabilities. Page last reviewed: April 8, 2020.

[9] https://www.bcn.cl/historiadelaley/historia-de-la-ley/vista-expandida/7671/ Historia de la Ley Ritalín donde se menciona el informe del ISP “Uso de Metilfenidato y Risperidona en niños, niñas y adolescentes diagnosticados con trastorno de déficit atencional e hiperactividad”

[10] https://www.adhd-institute.com/burden-of-adhd/epidemiology/comorbidities/ ADHD Institute an educational platform developed and funded by Takeda. Site last updated, May, 2020.


Autora Valeska Cid Jofré

Profesora de Biología mención Ciencias Naturales – UMCE
 MSc. Ciencias Biológicas – U de Chile
Candidata a Doctora en Ciencias mención Neurociencias – U de Valparaíso.

Edición. Paz Santader.

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