Lorena Valderrama

Cuando en 1913 el Ministerio de Instrucción Pública de Chile investigaba la administración del director del Observatorio Astronómico Nacional, el principal denunciante declaraba que los miembros de esta institución científica estatal eran “jornaleros de la ciencia i nada más!”[1]. Esta calificación, escondía una verdad que sigue provocando a más de alguien hoy en día: la ciencia es un trabajo y quienes la realizan son trabajadoras y trabajadores.

Durante siglos, la ciencia fue considerada una vocación, una actividad que se hacía por amor al arte, altruismo y, por ello, era moralmente superior a quien realizaba actividades como forma de subsistir. Era considerada efectivamente algo más que el trabajo y la condición de trabajador era vista con desprecio. Quienes construían conocimiento científico tenían un alto capital social y económico para invertir en este quehacer y para no basar su subsistencia en la venta de su fuerza de trabajo.

Luego, la burguesía educada levantó el discurso de que la ciencia era la vía para alcanzar el progreso y el bienestar material de los pueblos, y, por ello, era superior a otras formas de construcción de conocimiento y productos.

Las Computadoras o «calculadoras» de Harvard. El trabajo de astronomía era poco reconocido y valorado, y generalmente eran los supervisores quienes se llevaban todo el mérito. Henrietta Swan Leavitt (sentada, tercera desde la izquierda), Annie Jump Cannon, Williamina Fleming (de pie en el centro) y Antonia Maury.

La inserción de, sobre todo, la pequeña burguesía en el mundo científico no fue fácil. En Estados Unidos a inicios del siglo XIX, por ejemplo, el científico no trabajaba para un patrón y su identidad estaba dada por esa condición: por esa marginalidad del sistema productivo y la fantasía de que la ciencia se hace para satisfacer la curiosidad intelectual. Ingenieros, médicos y geógrafos, entre otros, eran llamados profesionales: personas que se ganaban la vida prestando sus servicios a cambio de una remuneración, sobre todo en el ámbito privado [2].

Para los científicos, los profesionales tenían una condición diferente: aliada, pero no igual (e inferior en algunos casos). Con el re-ordenamiento de los títulos profesionales durante el siglo XX, en su aspiración de considerarse científicos y parecerse a la clase alta (heredera tradicional de la ciencia), la naciente clase media científica, vio que su inserción a ese estatus de lo científico, pasaba también por negar su condición de trabajadores.  

Hoy en día, parte de la actual comunidad científica nacional oculta bajo batas blancas sus overoles. Quiere tener el estatus de una ciencia altruista, pero no tiene el capital social y económico de sostener esa ilusión.

La paradoja es que se construye la ciencia a costa de nuestro trabajo, pero negando que la ciencia es un trabajo en sí. Tenemos una comunidad que se debate entre lo que aspira y lo que puede, entre lo que quiere ser y lo realmente es.

De esta manera, hablamos de la inserción del capital humano avanzado y no de cesantes educados con dinero público, pedimos becas, como formas de subsistir y no contratos por investigación (contratos laborales como existen en otros países), demandamos más fondos y no mejores condiciones laborales para científicos y científicas que llevan años boleteando dentro de los mismos laboratorios.

La torre de marfil de la ciencia nos alude al privilegio de aislamiento del resto del mundo y desconexión de las preocupaciones de la vida cotidiana en favor de sus propios fines.[3]

Salir de la torre de marfil no es acercar la ciencia a la sociedad (como superficialmente se ha entendido): es volver a conectar con la realidad y dejar de darle la espalda a la sociedad de la que somos parte. Es asumir que no somos (ni queremos ser) los herederos de un grupo que, en nombre de la ciencia, cree que está por encima del resto. Es reconocer que la ciencia es un trabajo más y, por lo mismo, merece condiciones dignas para sus  trabajadoras y trabajadores. Es, finalmente, tomar posición y no esperar a que nos pase lo del hambriento Asno de Buridán, que teniendo a su alcance dos sacos de heno, no logró decidirse por alguno, muriendo de inanición [4].

Referencias:

[1] “Lo del Observatorio Astronómico”, Diario La Razón, 3 de enero de 1913.

[2] Lucier, P. (2009). “The Professional and the Scientist in Nineteenth-Century America”, Isis 100 (4): 699-732.

[3] Shapin, S. (2012). “The Ivory Tower: the history of a figure of speech and its cultural uses”, BJHS 45 (1): 1–27

[4] Nota de la autora: dado que no existe una versión canónica de la fábula del Asno Buridán, ni ésta tampoco pertenece al filósofo Jean Buridán (1295-1358), se ha permitido una versión reducida para facilitar su comprensión.

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Lorena Valderrama
Académica de la U. Alberto Hurtado y Doctora en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Sus áreas de investigación son las relaciones entre tecnociencia y sociedad. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com