Felipe Orellana

Millenials de cuerpo y alma, les apuesto que entre sus panoramas predilectos – sea en soledad o en compañía – está en conseguir algo para comer, buscar el confort de la cama o sillón,  encender tu black mirror y llenarte de series.

Explorando la sección de series-documentales me encontré con One Strange Rock, donde Will Smith narra lo extraña y fascinante que es nuestra Tierra y cómo 8 astronautas que suman 1.000 días en el espacio la vieron desde afuera. ¡No se diga más, nació el amor! En tan solo 10 minutos ya había pactado el compromiso. Iba como en el 5° capítulo cuando NETFLIX me sugiere el documental “Tan plana como un encefalograma” subclasificada como ‘teoría conspirativa’ ¿Qué era esto? ¿95 minutos dedicados a dar tribuna al terraplanismo? Mientras veía a Will hablar no paraba de pensar en ese documental y el por qué se permiten abrir un espacio a algo que, para mí, no tiene asidero. No me aguanté y lo vi y, francamente, me hizo reflexionar respecto al tema, pero tranquilidad, no vengo a discutir si la Tierra es o no una tabla.  

El documental nos muestra que los terraplanistas imaginan un disco con el Ártico en su centro y con la Antártica en su perímetro. El Sol y la Luna serían dos “focos semejantes y opuestos”, cada uno con su luz propia. Reniegan de la gravedad asegurando que este gran disco  estaría “acelerando hacia arriba” y, por tanto, eso mantendría nuestros pies sobre la tierra (al menos una de sus hipótesis).

Esquema tierra plana. Fuente International Flat Earth Research Society.

No es casualidad encontrar entre ellos a personas antivacunas, que no creen en el cambio climático, ni en los dinosaurios o en una tierra de cuatro mil quinientos millones de años.

El documental no ahonda en las teorías terraplanistas (punto para NETFLIX) pero muestra algo inquietante, el discurso permea jóvenes, adultos, ancianos, profesionales, deportistas, conformándose un nicho en crecimiento de personas enfocadas en un solo objetivo: Rechazar toda fuente que provenga de algún medio científico, negando gran parte del registro y legado en la historia de la humanidad.

Si bien el negacionismo se refiere en general a crímenes de lesa humanidad, es decir, “actos inhumanos que causen intencionalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la integridad física o la salud mental o física” [1], su uso se ha extendido hacia otros campos [2], como  el cambio climático, tiempos geológicos, big bang, y vacunas, entre otros.

Henry Rousso, pionero en el uso de este neologismo, contrapuso la historiografía científica, basada en evidencia empírica y comprobable, con el revisionismo, que buscaría falsear o sesgar el análisis de la evidencia para plantear una crítica a hechos históricos luctuosos [3]. El historiador y educador australiano Paul O’Shea – quien ha centrado su investigación en comprobar el registro histórico del rol del Papa Pío XII y la iglesia católica en el Holocausto – sugiere en tanto que el negacionismo representa un rechazo (irracional) a la evidencia empírica comprobable y aceptada por la comunidad científica y la sociedad [4].

La profesora e historiadora neoyorkina y autora de “La negación del Holocausto” Deborah  Lipstart, por su parte, menciona que el negacionismo tiene como propósito confundir el análisis de la evidencia histórica o científica bajo ropajes de un esfuerzo académico, escondiendo otras motivaciones políticas [5]. El filósofo Edward Skidelsky plantea que la acusación de negacionismo, dentro del campo intelectual y académico, constituye una acusación de extrema gravedad, en tanto entraña la intención deliberada de una construcción argumental o análisis intelectual deshonesto o basado en el autoengaño, “la cosa negada es, por inferencia, tan obviamente cierta que el negador debe actuar motivado por la perversidad, malicia o ceguera obstinada” [6].

Sintetizando lo anterior, el negacionismo, en ciencias, se caracteriza por:

  1. El falseo de la evidencia empírica.
  2. La utilización del lenguaje académico para ocultar objetivos de falseamiento.
  3. Negar, justificar o minimizar lo que ciencia ha demostrado y aceptado.
  4. Exculpar y glorificar a quienes cometen actos que atentan contra lo establecido desde el ámbito científico.
  5. Y, quizás, su aspecto más controvertido, la determinación de una intención oculta (donde radica el carácter interpretativo, pues presupone intenciones) de dañar a la comunidad científica.

Volviendo al terraplanismo, en principio, podemos valorar la iniciativa que desde el desconocimiento se planteen una multiplicidad de hipótesis. Algo sumamente válido y común entre las ciencias, pero luego viene probar nuestras hipótesis donde el rigor y método científico toman relevancia. Cuando nuestras hipótesis pasan por el test de calidad tampoco quiere decir que sean correctas, para ello necesitamos llegar a una generalización. Cuando esta generalización ocurre recién hablamos de una teoría.

En el documental vemos que – alerta de spoiler– los terraplanistas ya no cuentan con ninguna instancia en la que se valide la hipótesis, al contrario, en vez de revisar las hipótesis o reformularlas buscan excusas, culpando el diseño los experimentos o cuestionando los instrumentos utilizados.

Teorías hay muchas, de hecho la geología moderna se basa en una teoría – la de tectónica de placas– 60 años discriminando evidencia que permita generalizar la existencia de placas tectónicas en nuestro planeta, sin embargo, la evidencia no es suficiente como para dar una generalización respecto a la teoría de tectónica en otros planetas. Cuando nuestra teoría logra entregar una generalidad podemos entonces decir que nuestra teoría es ley (como las leyes de Kepler o Newton).

Poner el foco en la confrontación entre negacionistas y la comunidad científica puede que sea el interés de un periodismo sensacionalista y polémico, fomentando un debate inexistente y nocivo. La pregunta que quizás nos debamos plantear entonces es de qué forma desde la ciencia, podemos contrarrestar el negacionismo sin que nos acusen de censura o intolerancia.

El humor puede ser una opción, donde la ironía funciona en contextos academicistas o en donde nuestra audiencia es afín a la ciencia. Sin embargo, en situaciones cotidianas o en contextos de masividad puede caer mal, y sin darnos cuenta estamos humillando y ofendiendo a personas que ven la ciencia con lejanía o incluso miedo.  

Existe un sinfín de personas que si bien no están abanderadas con el terraplanismo u otro negacionismo tampoco sabrían cómo explicar lo contrario. Esa masa inquieta que alimenta sus dudas con cualquier tipo de fuente, sea científica o no, y en donde cualquier hipótesis explicada con elocuencia suena atractiva y creíble, es justamente a la que debemos apuntar. Porque si gozamos del poder de la evidencia, algo que difícilmente – por no decir nunca – tendrán personas como los  terraplanistas, ¿para qué desgastarnos en los negacionistas?

Referencias:

[1] Corte Penal Internacional, Estatuto de Roma, artículo 7 sobre crímenes de lesa humanidad.

[2] Rivera, Felipe (2019). Negacionismo: tensión entre la política de la memoria y la libertad de expresión. Serie Minutas Nº 19-19

[3] Rousso. Op. Cit.

[4] O’Shea, Paul (2008). A Cross Too Heavy. En Eugenio Pacelli (Edit), “Politics and the Jews of Europe 1917-1943”. Rosenberg Publishing: Dural Delivery Centre, N.S.W.

[5] Lipstart, Débora (1994). Denying the Holocaust. The growing assault on truth and memory, Citado por INDH (s/f). Minuta legislativa sobre negacionismo. Disponible en línea en

[6] Skidelsky, Edward (2010). Words that think for us: The tyranny of denial. En Prospect. Disponible en línea en: https://www.prospectmagazine.co.uk/magazine/words-that-think-for-us-3

 

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