Lorena Valderrama

La ciencia tiene género, clase, color y lengua (entre otras cualidades). No queremos que sea así y menos que la sociedad vea los privilegios de esta área. Nos gustaría que la ciencia fuera transparente, neutral, objetiva; sin distinción o característica humana alguna, pese a ser el producto social y cultural que es.

La realidad es muy distinta, pero la mejor forma de cambiarla es asumirla y no negarla. Como el tema es largo y hoy es el día internacional de la mujer trabajadora, les propongo que nos concentrémonos sólo en un aspecto y que el resto quede para una segunda parte.

La ciencia tiene género y es masculino. No, no se cae el mundo por asumir abierta y claramente que se les permite más a los hombres que a las mujeres construir conocimiento científico que sea remunerado, legitimado y reconocido por sus pares y el resto de la sociedad. La realidad es que las mujeres constituyen sólo el 28.8% de las comunidades científicas en el mundo [1], pero esta es sólo una parte del problema.  

Si bien en el siglo XIX se les permitió a las mujeres el acceso a las universidades, este ingreso formal al mundo científico ha estado lleno de obstáculos: son peor evaluadas por sus pares hombres, reciben menos citas en publicaciones científicas, menos créditos en la autoría [2] y menos invitaciones a conformar comités de evaluación, grupos de investigación o dar conferencias [3]. Además, se les contrata y retiene menos en las instituciones científicas y académicas [4], reciben menos salario que los hombres [5], y una menor orientación profesional y tutoría [6]. También a lo largo de la historia las científicas han sido víctimas del robo de ideas, sexismo, acoso, minimización, discriminación e invisibilización  de logros y aportes [7].

En el caso de Chile, sólo un 27% de las mujeres lidera proyectos FONDECYT y un 17% dirige centros de investigación. Sin embargo,  se les mide con la misma vara que a sus colegas hombres, pese a que han enfrentado mayores dificultades en el transcurso de sus carreras [8].

De momento, existen algunos concursos públicos que extienden los años de productividad a las postulantes que han sido madres, respetan la ley de pre y postnatal de las investigadoras o ante puntajes similares en concursos, favorecen abiertamente a las postulantes. No obstante, estas acciones no constituyen una política científica extendida a nivel institucional, sino que son especificaciones en las bases de cada concurso.

Si seguimos negando el género de la ciencia y continúan las mismas políticas públicas actuales de sólo fomentar que más mujeres estudien carreras científicas, tardaríamos 258 años en que se equipare la autoría entre hombres y mujeres en áreas como la física [9]. Sin embargo, ese aumento de “vocaciones”, no garantiza una igualdad de género en liderazgo científico, en los salarios, en la cantidad de citaciones, en la visibilización, ni en el reconocimiento. Tampoco reconoce la carga social y familiar de las mujeres, que hace que trabajen el doble que sus colegas hombres y no atiende otras dificultades que enfrentan las mujeres en las aulas, en los espacios laborales y a lo largo de sus carreras académicas.  

Se necesitan políticas de género orientadas a aumentar la contratación y retención de mujeres en puestos de trabajo y roles de liderazgo, que garanticen paridad en comités de evaluación de todo tipo, que estimulen el referato doble ciego, que flexibilicen las métricas de productividad para quienes han tenido mayores dificultades en sus trayectorias, que penalicen las prácticas de abuso, discriminación y acoso sexual de todo tipo y que fomenten una divulgación científica con enfoque de género, entre otros aspectos.  

Estas políticas públicas requieren al menos de una aceptación del problema. Negar el género de la ciencia sólo produce discursos bonitos, escuetos balances anuales para el diario y cifras tibias que inundan la Twitósfera. Asumir la realidad, es un buen primer paso para avanzar en políticas y acciones orientadas a reducir las brechas de género, y de otros tipos, que atentan contra derechos fundamentales de las personas, en ciencias y todos los ámbitos de la sociedad.  

Referencias

[1] http://uis.unesco.org/en/topic/women-science

[2] https://www.nature.com/news/bibliometrics-global-gender-disparities-in-science-1.14321

[3] Christine L. Nittrouer, Michelle R. Hebl, Leslie Ashburn-Nardo, Rachel C. E. Trump-Steele, David M. Lane & Virginia Valian (2018), “Gender disparities in colloquium speakers at top universities”, PNAS 115 (1): 104-108.

[4] Ver: Jason M. Sheltzer & Joan C. Smith (2014), “Elite male faculty in the life sciences employ fewer women”, 111 (28): 10107-10112 y Shaw A. & Stanton D. (2012), “Leaks in the pipeline: separating demographic inertia from ongoing gender differences in academia”, Proc Biol Sci. 279 (1743): 3736-3741.

[5] Helen Shen (2013), “Inequality quantified: Mind the gender gap”, Nature 495 (7439): 22-24.

[6] Corinne A. Moss-Racusin, John F. Dovidio, Victoria L. Brescoll, Mark J. Graham & Jo Handelsman (2012), “Science faculty’s subtle gender biases favor male students”, PNAS 109 (41): 16474-16479.

[7] Pueden revisar las referencias al final de esta columna: https://chilecientifico.com/por-que-sabemos-poco-sobre-las-aportaciones-de-las-cientificas/

[8]  Aquí hay un breve video explicativo realizado por la Red de Investigadoras: http://redinvestigadoras.cl/2018/09/26/876/

[9] https://journals.plos.org/plosbiology/article?id=10.1371/journal.pbio.2004956#sec002

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Lorena Valderrama
Académica de la U. Alberto Hurtado y Doctora en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Sus áreas de investigación son las relaciones entre tecnociencia y sociedad. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com