Lorena Valderrama

Llegó marzo, y con el fin de las vacaciones llegan también las deudas de matrículas, uniformes, patentes, etc. Marzo también es el mes en que se recuerdan las deudas que tienen el Estado, la sociedad y la ciencia con las mujeres. Si bien el día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia está fijado para el 11 de febrero, esta fecha sorprende a la mayoría de los científicos y científicas chilenas en plenas vacaciones, debido al receso de las universidades nacionales. Por eso el día internacional de la mujer también le compete a la ciencia, porque en las comunidades científicas se reproducen los estereotipos y prácticas de la sociedad donde éstas se desenvuelven.

La marginalización, el anonimato, el descrédito, el desprecio y el abuso han sido transversales a las mujeres de todas las épocas y áreas, incluyendo a las científicas. Y con ellas hay una deuda histórica, pero también desde la historia.

Porque fue “la” Trotula y no “el” Trottus de Salerno quien escribió el primer tratado científico italiano sobre la medicina femenina, poco antes de la creación de las primeras universidades europeas [1].

Algún copista y traductor del siglo XII probablemente pensó que había algún error en la autoría del texto y que la firma correspondía a un seudónimo, o bien que se trataba de una confusión de letras: ¡obviamente lo había escrito un hombre! De esta forma, la discriminada Trotula, quien al parecer fue profesora de la cátedra de medicina de la Escuela de Salerno, pasó al olvido por varios siglos, como símbolo de la invisibilización de la contribución femenina a la ciencia.

Los historiadores están en deuda con las científicas, porque durante tantos años han reproducido privilegios no sólo en sus prácticas de trabajo, también en la selección de sus temas de investigación. Mucho se ha escrito de la vida de Galileo, Darwin, Newton y Einstein, poco de Lovelace, Meitner, Franklin y McClintock. Esto responde por un lado a un sesgo de quien investiga la historia de la ciencia, y por otro, a una dificultad empírica: investigar a los invisibles es mucho más difícil y complejo, porque no dejaron rastros y si los dejaron son difíciles de seguir.

Hasta finales del siglo XIX, no sólo muchas mujeres tenían prohibido el ingreso a las universidades, sino que además se vieron obligadas a firmar con nombres masculinos o compartir autoría con sus maridos o colegas hombres para que sus contribuciones científicas fueran publicadas.

Crédito: Revista Cultural.

No sólo su formación y libertad de publicación se ha visto limitada. Cuando lograron ser formalmente incluidas en investigaciones, muchas veces no recibieron los reconocimientos a sus contribuciones, como el caso de la joven cristalografía Rosalin Franklin [2], a quien Watson y Crick le robaron su fotografía del ADN y se hicieron renombre como los descubridores de la estructura molecular del ADN en 1953. También laboralmente han existido abusos que han sido pasados por alto por la historiografía. En los observatorios astronómicos, por ejemplo, las unidades de astrofísica contrataban mujeres, quienes recibían hasta un tercio del salario de un hombre, no se les permitía publicar y su anonimato era una práctica constante en la disciplina.

Crédito: Mujeres en la Historia.

Henrietta Leavitt [3], por ejemplo, conformó el equipo de astrofotografía del Observatorio Astronómico de Harvard a inicios del siglo XX, conocido como “el Harén de Pickering”, por estar compuesto por mujeres. Levitt estudió más de 1.500 estrellas variables, información que aportó a la determinación de la escala de las distancias, que se utiliza para medir las distancias de las galaxias. Sin embargo, su nombre y el de sus compañeras fue eclipsado por el de Pickering y el resto de astrónomos del observatorio. Algo sabemos de ella, pero nada de las astrónomas chilenas que trabajaban en el Observatorio Astronómico Nacional de Chile en la misma época, porque este tema no ha despertado tanta atención de los historiadores. Con ellas y muchas otras científicas locales, tenemos una gran deuda.

Su objetividad como científicas, e incluso como observadoras de un fenómeno se ha visto cuestionada a lo largo de la historia y por lo tanto sus contribuciones no han interesado a los investigadores.

Crédito: Corporación de Conservación y Difusión del Patrimonio Histórico Militar.

Por ejemplo, Maria Graham [4] observó que durante el terremoto del 19 de noviembre de 1822 en Chile, la costa se había levantado. En la Geological Society de Londres el geólogo George Bellas Greenough puso en duda sus observaciones, bajo el supuesto de que en el medio de una catástrofe de esta envergadura, una mujer estaría aterrorizada y no tendría la suficiente tranquilidad para poder observar los fenómenos con objetividad, como lo haría un hombre. De hecho, Darwin no fue cuestionado por sus pares cuando observó lo mismo en otro terremoto.

Por supuesto que lo que era normal en el siglo XIX hoy nos parece un escándalo. No por nada las sociedades científicas repudiaron las declaraciones que hace 3 años realizó el Premio Nobel Tim Hunt cuando planteó públicamente que el problema de las mujeres en las ciencias era que “te enamoras de ellas, ellas se enamoran de ti y, cuando las criticas, lloran” [5].

Lo de Hunt fue un escándalo, porque afortunadamente, algo hemos ganado en derechos, pero aún queda mucho por avanzar en igualar salarios y oportunidades laborales entre hombres y mujeres, en construir una imagen pública de la ciencia plural e inclusiva, en considerar la disparidad de cargas sociales de los géneros para la medición de la productividad científica, en promocionar el liderazgo femenino en los proyectos de investigación y en respeto por la contribución femenina de la ciencia, tanto en el ámbito público, como privado.

Esto, porque dichos como los de Hunt son repudiados por la comunidad científica cuando se hacen frente a un micrófono, pero aún cotidianos en los pasillos de la mayoría de los laboratorios, universidades, observatorios o centros de investigación.

Desde el frente de la historia de la ciencia, aún falta también superar las barreras del prejuicio, del registro, del tiempo, de la memoria y del anonimato, rescatando a estas invisibles del pasado y contribuyendo así a disminuir la deuda con las científicas. Un cambio que no sólo debe repercutir en la selección de temas y enfoques, sino también en las propias prácticas de investigación de la historiografía y los hábitos de dicha comunidad disciplinar.

Referencias:
[1] Verónica Marsá González (2009) ¿Comadronas o Brujas? ¿Doctas o Enfermas?, Dossiers Feministes, 13: 89-102.
[2] Aaron Klug (1968), Rosalind Franklin and the Discovery of the Structure of DNA, Nature 219: 808-844.
[3] Margaret W. Rossiter (1980) “Women’s Work” in Science, 1880-1910, Isis 71(3): 381-398.
[4] Carl Thompson (2012) Earthquakes and Petticoats: Maria Graham, Geology, and Early Nineteenth-Century ‘Polite’ Science, Journal of Victorian Culture, 17(3), 329-346, DOI: 10.1080/13555502.2012.686683.
[5] Manuel Ansede (11-06-2015) Un ‘nobel’ de Medicina dimite por comentarios machistas, Diario El País. Recuperado el 04-03-2018 de: https://elpais.com/elpais/2015/06/11/ciencia/1434018142_097443.html

Foto principal: @Marialamort

Lorena Valderrama
Doctora en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Académica del Departamento de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Sus áreas de investigación son las relaciones entre tecnociencia y sociedad.

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