Lorena Valderrama

En la columna del 8M escribí sobre el género de la ciencia y mencionaba que tenía otras cualidades, entre ellas: clase, color y lengua. Nos encantaría que toda ella fuera justa, sostenible y que sirviera para el bienestar general de los pueblos (y no sólo de los empresarios). Sin embargo, no es así, tiene género y muchas otras cualidades que debemos discutir y revertir.  

¿Cuántos ex niños o niñas del SENAME son referentes de la ciencia? ¿Cuántos siquiera terminaron la enseñanza media, entraron a la universidad, egresaron de ella y concluyeron un doctorado con alguna beca de excelencia?

Hay excepciones y resiliencias, por supuesto, pero como el conjunto de prácticas y acciones orientadas a construir conocimiento que es, hay una marcada tendencia de los últimos siglos a ser masculina, blanca, acomodada y en inglés. Quienes salen de entornos vulnerables y consiguen entrar a universidad, terminar sus carreras universitarias sosteniendo económicamente a sus familias y que luego llegan a liderar en ciencias, son realmente muy pocos y pocas dentro de las comunidades científicas. Es bastante excepcional en estos entornos laborales encontrarse a personas que provienen o que actualmente pertenecen al tramo 40 de clasificación socioeconómica.

Cuando en el siglo XV se intentaba solucionar ciertos problemas que generaba el calendario de la época, hubo que imaginar modelos de los movimientos planetarios completamente distintos a los que se usaban hasta el momento: Nicolás Copérnico, Tycho Brahe y Galileo Galilei, entre otros, plantearon soluciones innovadoras para su tiempo [Nota de la autora].

Sin embargo, si ellos no hubieran sido hombres, educados, con comodidades económicas y en estrecha relación con la aristocracia y la iglesia de la época, difícilmente habrían podido plantear las soluciones que ofrecieron. No se habrían podido ilustrar para tener una base de conocimientos que les permitiera siquiera hacerse algunas preguntas o revisar investigaciones previas, no habrían conseguido financiamiento para llevar a cabo sus investigaciones y no habrían podido publicarlas. En esa época, y hasta bien entrado el siglo XX, hombres y mujeres sin capital económico y social, no podían acceder a la educación universitaria.

En el caso de las mujeres, los privilegios de clase han marcado aún más sus trayectorias. Si bien durante la Edad Media en algunos países como Italia, las mujeres de la nobleza podían educarse en sus hogares, conventos, o recintos universitarios, el acceso a la universidad se les restringió hasta las últimas décadas del siglo XIX [2]. Muchas mujeres aristócratas o con capital económico se formaron científicamente de manera autodidacta, fundaron sociedades científicas y medios de divulgación, realizaron sus investigaciones y publicaron los resultados de ésta (aunque la mayoría de las veces bajo seudónimos).

Sabemos poco de mujeres científicas, pero menos sabemos de mujeres científicas negras o indígenas. En 2016 se estrenó la película (y el libro) Hidden Figures que cuenta la desconocida historia de las matemáticas afroamericanas Katherine Johnson, Mary Jackson y Dorothy Vaughan, cuyas investigaciones fueron gravitantes para que la NASA ganara la carrera espacial [3]. Ellas, no sólo sufrieron discriminación y presentaron más barreras en sus trayectorias científicas por el hecho de ser mujeres, si no que vivieron en plena época de las leyes de Jim Crow, perteneciendo a la División Segregada de Cálculo del Centro de Investigación Langley, sin siquiera poder usar los mismos baños que sus compañeras blancas en su espacio de trabajo.

¿Saben cuánto le cuesta hoy en día a una persona afro descendiente llegar a ser científico o científica en la cuna de la ciencia global?

En Estados Unidos los puestos de trabajos en áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) están ocupados sólo en un 11% por afro descendientes y el 62% de estos ha experimentado discriminación al momento de acceder a la educación, contrataciones o promociones en sus carreras [4]. Negarlo es ocultar la realidad y muchos privilegios que existen dentro de las comunidades científicas. La negación dificulta el cambio.

La ciencia también tiene lengua. Las y los científicos prefieren publicar sus artículos en revistas internacionales con alto factor de impacto que utilizan el idioma inglés. Esto no siempre fue así. Hasta el siglo XVIII la lengua científica era el latín. Si bien incluso antes de Galileo, en Europa se comunicaban los conocimientos médicos en otras lenguas (no científicas o “vulgares” como se decía en la época), la tendencia era que las ciencias se enseñaran, se aprendieran y se comunicaran en latín, pese a la masificación de la imprenta.

Durante el siglo XIX, el francés, el alemán y el inglés se disputaron este privilegio, hasta que las guerras mundiales impusieran el inglés como la lengua global del conocimiento [5]. Actualmente, existen países que dentro de sus políticas científicas está el estimular a sus científicos y científicas locales a publicar en inglés: entregando recursos para traductores o estableciendo acuerdos editoriales para traducciones masivas de artículos (la alianza entre China y Springer es un ejemplo) [6].

Asumir estas cualidades de la ciencia -es decir, asumirla como es- constituye el primer paso para cambiarla. Negar a la ciencia su humanidad y las subjetividades y prácticas de quienes generan, financian, promueven y divulgan el conocimiento científico, sólo alimenta privilegios y posiciones de poder. Negar, por ejemplo, los problemas asociados a la lengua “global” de la ciencia, nos lleva a amoldarnos a corrientes internacionales, que a la larga producen una mayor carga laboral a científicos y científicas locales y un mayor costo económico para países no angloparlantes que pagan por seguir estas tendencias.

Negar los privilegios históricos de clase de la comunidad científica, nos lleva a no mirar al lado, al que quedó en el camino, al que iba cinco pasos, cuadras o pueblos más atrás, ese o esa que quedó pateando piedras. Nos lleva a reproducir discriminaciones en nuestras propias comunidades y entornos laborales, a propagar discursos parciales y superficiales, a defender políticas tibias de corto aliento y aplaudir iniciativas populistas que resuelven nuestros estrechos y limitados problemas. Nos lleva a hacer, defender y divulgar ciencia para nuestros propios beneficios y no esa ciencia al servicio de la gente que mostramos por redes sociales.

Referencias

[1] Algunas de estas propuestas se ajustaban más a la realidad que otras, pero eso sólo lo pudimos comprobar varios siglos después.

[2] Palermo, A. (2006), “El acceso de las mujeres a la educación universitaria. Revista Argentina de Sociología, 4 (7): 11-46.

[3] Margot Lee Shetterly (2016), Hidden Figures: The American Dream and the Untold Story of the Black Women Who Helped Win the Space Race, William Morrow and Company.

[4] Cary Funk & Kim Parker (2018), Women and Men in STEM Often at Odds Over Workplace Equity, Pew Research Center.

[5] Ulrich Ammon (2001), The Dominance of English as a Language of Science: Effects on Other Languages and Language Communities, Walter de Gruyter

[6] Meneghini R. & Packer AL. (2007), “Is there science beyond English? Initiatives to increase the quality and visibility of non-English publications might help to break down language barriers in scientific communication”, EMBO 8 (2): 112-116.

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Lorena Valderrama
Académica de la U. Alberto Hurtado y Doctora en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Sus áreas de investigación son las relaciones entre tecnociencia y sociedad. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com