Valentina Wyman

Realizar fases experimentales con los días contados es un desafío no menor, sobre todo cuando se trabaja con sistemas biológicos o puestas en marcha. El desafío es aún más grande, cuando necesitas “resultados robustos” para generar documentos que acrediten “productividad” y/o para justificar y renovar fondos de terceros. Aun cuando tienes todos los implementos, materiales, métodos, conocimientos y un poco de holgura para cumplir con los tiempos no cuentas con la certeza de que todo funcionará como lo programaste. Cuando no todo depende de ti, no importa cuántas horas dediques, cuánto esfuerzo pongas, cuán minucioso seas…  Si los microorganismos no quieren participar de la investigación no lo harán, si se corta el suministro eléctrico por 12 horas, si el reactivo quedó retenido en la aduana o si el repuesto del equipo súper específico que usas no está en stock… todo se retrasa  y la carta Gantt pasa a ser un mero ejercicio de optimismo.

¿Cuántas veces has tenido que tirar todo a la basura? ¿Cuántas horas de trabajo has tenido que destinar a repetir una y otra vez ensayos? ¿Cuántas veces te has cuestionado si vale la pena continuar?

 

La experiencia se construye con las diferentes vivencias y creo que, como investigador, experimentas muchas emociones y sentimientos durante la formación. Una de las que han llamado poderosamente mi atención es la frustración acompañada de la paciencia y que si se manejan bien pueden mutar hacia la resiliencia.

Iniciar un proyecto, realizar un diseño experimental, encaminarse en nuevas técnicas y/o propuestas de análisis, o resolver problemas  son situaciones motivadoras y que en cierta medida mueven a las mentes curiosas. Sin embargo, este entusiasmo se desgasta cuando la práctica se transforma en intentos fallidos donde es difícil rescatar algo más allá de volver a intentar.

Días empezando ensayos que no tienen fin, días cuestionando por qué no funciona si “lo he hecho siempre así”, días pensando en todo los recursos que has tirado a la basura,  días pensando qué no alcanzaré a terminar… son días dónde tú te pones a prueba, días donde te conoces, días donde te tienes que hacer el ánimo para continuar, días donde tienes que pensar “mañana saldrá bien”, días donde estudias con detención tu sistema, días donde cultivas la paciencia, días donde buscas tu motor y recuerdas por qué estás ahí intentando por décima vez que el experimento tenga alguna respuestas… son días sensibles en los que valoras el tiempo y la dedicación que viven a la sombra de todo resultado.

¿Cuántas veces te has alegrado al ver los resultados? ¿Cuántas veces has sentido que tu trabajo contribuye o tiene potencial? ¿Cuántas veces has sentido que valió la pena todo el esfuerzo?

 

No muchos entienden la satisfacción que se siente al lograr construir una gráfica o de tener datos suficientes para concluir al respecto. Tampoco entienden en qué dedicaste tanto tiempo durante un año para publicar un trabajo que se resume a 10 hojas o menos. No lo entienden porque no lo han vivido, no tienen la experiencia de esperar 30 días o más para obtener un punto de la gráfica. No han tenido la experiencia de estar semanas “volviendo a empezar”.

Algunos cuestionan la competencia y el egoísmo que existe en el campo de la investigación. Aún no lo entiendo bien, quizás los estados de frustración, los trabajos a contrarreloj, la inexistencia de horarios, el asumir el rol de escritor, director de proyecto, analista de laboratorio, guía de tesis, y docente, entre otros, sumado a la presión de reportar productividad van generando un recelo.

A pesar de ello, la investigación no está hecha para ser desarrollada en un ambiente egoísta. La colaboración, la construcción de redes y el trabajo interdisciplinario son un gran componente a la hora de generar ideas, discutir problemáticas, identificar problemas, dar soluciones y recurrir a financiamiento. Contar con un equipo de trabajo es un pilar clave a la hora de enfrentar las frustraciones y la carga emocional que conlleva la investigación. Recibir palabras de aliento o ánimo de un investigador con más experiencia,  o festejar los resultados son pequeños actos que ayudan a mantener el motor motivacional encendido.

La experiencia emocional que se gana durante este camino debe ser valorada y recibida como algo que se puede aplicar a distintos ámbitos de la vida. Además, pienso que es bueno compartirla con los que recién empiezan su camino, no digo que hay que evitar que las vivan, pero si entregar herramientas o contextos para que se sobrelleven de manera positiva. Al fin y al cabo, si el ambiente de trabajo es grato, existe mayor disposición a enfrentar los desafíos.

Valentina Wyman
Magíster en Ciencias de la Ingeniería Quimica de la Universidad Técnica Federico Santa María, actualmente se desempeña como Occupational trainee en la Universidad de Queensland, Australia. Sus áreas de investigacion son la gestión y valorización de residuos agrícolas mediante la producción de biogas y enzimas. Es egresada de la primera generación de la academia ADA de Girls in Tech.

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