Lorena Valderrama

La semana pasada el especial aniversario de LUN publicó los 5 avances científicos más importantes del año en nuestro país [1]. Todos los hallazgos destacados fueron realizados por hombres. Además, las 5 noticias fueron escritas por hombres. Estos descubrimientos, de entre muchos otros realizados en Chile, fueron seleccionados por unas personas para formar parte de este especial. Las otras investigaciones y las científicas o los científicos que los realizaron quedaron fuera.

Obviamente la prensa no puede comunicarlo todo. Siempre hay una selección de temas, de fuentes, de enfoques, de preguntas que responder y de problemas que atender. Eso mismo pasa en la ciencia y en todas las disciplinas y profesiones abocadas a la construcción de conocimientos de diverso tipo. Por eso, como seres humanos, sabemos unas cosas y no sabemos otras.

Portada Diario Las Últimas Noticias jueves 22 de noviembre.

Esta elección es absolutamente necesaria para acotar nuestra investigación, diferenciarla de otras, obtener recursos y poder llevarla a cabo. Elegimos de una forma y lo hacemos por razones específicas.

A veces el azar influye, pero en prensa y en ciencia tratamos de controlar todas las variables y disminuir al máximo posible las eventualidades. Nos rige el tiempo que disponemos, los recursos humanos y materiales, nuestros objetivos y metas, nuestras audiencias y nuestras propias ideas y nociones previas. La elección editorial de LUN y sus periodistas con respecto a los avances científicos, la desconozco, pero dudo que haya sido una selección dejada al azar.

Me imagino que buscar aportaciones científicas significativas de científicas en el país para elaborar su número especial debe haber sido una idea poco tentadora.

Esto, debido a que un 70% de la investigación científica competitiva de tipo Fondecyt es liderada por hombres [2] y más del 80% de los centros de investigación son dirigidos por ellos [3].

Toma menos trabajo de reporteo buscar fuentes y aportes dentro de la mayoría y dentro de lo obvio. Llegar a las científicas y sus aportes es mucho más difícil, y no solo porque son minoría, sino porque además, son ocultadas y marginadas. Requiere de investigación periodística en serio, de pensar fuera de la caja, de irse por el camino arduo, gastar más tiempo, mirar bajo las piedras. Requiere de una plena conciencia de la injusta situación que viven y de una férrea voluntad profesional y política de querer visibilizar su trabajo, que ha sido invisibilizado.

En Chile, la mayoría de las mujeres que trabajan en ciencia lo hacen desde roles secundarios: como co-investigadoras y co-autoras de artículos científicos. Y por supuesto que si vamos a informar de los 5 grandes hallazgos en el país, no vamos a buscar a las asistentes, a las ayudantes, a las eternas “co-investigadoras”. Nos interesan los liderazgos de dichos hallazgos, porque la prensa no le da tribuna a todo el mundo. La sociedad y la ciencia tampoco.

En la tribuna de la ciencia, las mujeres no sólo han sido marginadas de universidades, como alumnas, como profesoras, como científicas. Hoy en día, y a lo largo de la historia, sus aportes han sido invisibilizados, minimizados o robados.

Trótula de Salerno, por ejemplo, habría publicado sobre salud femenina durante el medioevo italiano. Sin embargo, en el siglo XVI un editor europeo creyó más adecuado cambiar el nombre de la autora por el de un hombre y suprimir cualquier indicación de que la autoría podría ser de una mujer. Con eso, durante la llamada “Revolución Científica”, dotó a los hombres dedicados a la ginecología de un antepasado ilustre en esa rama de la medicina [4].  

En pleno siglo XX, Marie Curie, la primera mujer en obtener un nobel, tuvo que compartirlo con su marido y casi pierde su carrera porque que se rumoreaba que tenía un amorío. A ella se le pusieron más obstáculos en el camino, sólo por ser mujer [5].

Rosalind Franklin. Crédito: Revista Cultural.

En plena revolución de las flores, Rosalind Franklin, responsable de importantes contribuciones a la comprensión de la estructura del ADN, fue aislada en su trabajo y no considerada para el Nobel, pero a sus colegas hombres sí se lo dieron.

Además, no bastando con eso, uno de los laureados se encargó de descalificarla y minimizarla en su best seller, mancillando su persona y su historia ante las generaciones futuras [6]. Parece que no basta con invisibilizar, robar las autorías y ponerle a las mujeres barreras y obstáculos en sus carreras. No, hay que también deshonrarlas, difamarlas y borrarlas de la historia, de la memoria colectiva. ¡Que sirva de lección!

En los últimos años de la carrera espacial, la astrofísica Jocelyn Bell Burnell tuvo que decidir entre doctorarse o disputar con su profesor guía la primera autoría del artículo de Nature que daba cuenta de los primeros registros de los pulsares [7]. Firmó como segunda autora: era mujer y era estudiante de postgrado [8]. Cinco años más tarde, su tutor recibió el nobel por dicho descubrimiento. Ella obtuvo su doctorado y recién este año la sociedad reconoció su contribución.

Jocelyn Bell. Crédito: BBC Mundo.

La situación de Bell hace 50 años atrás se repite hasta el día de hoy. Una vez pregunté de manera informal a integrantes de la Red de Investigadoras [9] si alguna había sido víctima de situaciones similares o sabía de éstas.

Sí, tesis de pre y postgrado realizadas por alumnas, publicadas por profesores hombres como si fueran de su autoría; científicas que se vieron obligadas a poner a los colegas como autores que no escribieron ni una coma del artículo; alumnos que han robado trabajos de sus compañeras para postularlos a fondos concursables, como si ellos fueran los realizadores; hombres que han inscrito – o intentado inscribir- patentes, marcas u obras ideadas y/o creadas por mujeres; directores de laboratorios o instituciones que dan conferencias con diapositivas de sus colegas mujeres, sin su autorización; y científicos que omiten los hallazgos y descubrimientos de las científicas.

Incluso, hace unos días una colega que está a cargo de la edición de un libro, me contaba que para éste recibió un abstract de un estudiante de doctorado que había plagiado dos párrafos completos de la tesis que ella misma defendió hace 3 años atrás. Y la vida sigue como si nada.

Otras mujeres han pasado por centros de investigación y casi no han quedado sus huellas. Ese es el caso de las primeras astrónomas que trabajaron en el Observatorio Astronómico Nacional de Chile (OAN). Ellas fotografiaron el Cometa Halley, ayudaron a ampliar catálogos internacionales y realizaron la compilación de estrellas de Santiago. Sin embargo, si no fuera porque en 1912 hubo un sumario administrativo en el OAN, hoy no sabríamos de su existencia [10]. A quienes escriben la historia les importó más las contribuciones científicas del director de la época, sus escándalos y su suicidio, que indagar en la participación de estas mujeres, en la explotación laboral de la que fueron víctimas o en cómo su trabajo fue invisibilizado en la época.

Sin embargo, en la mayoría de las situaciones ocultar la contribución femenina es más sutil: pueden ser las primeras en dar una idea, pero cuando otro hombre la repite se le atribuye a él la autoría; pueden ejecutar una idea (la cual incluso puede ser de ella misma), pero si la llevan a cabo con un hombre, tanto el hombre como el resto de las personas, pensará que él es el autor y/o líder de esta [11]. Podríamos llamar de muchas formas estas acciones y situaciones, pero en inglés le han puesto “hepeating[12] y “bropriating”[13], respectivamente. El primero, de hecho, lo masificó por las redes sociales la astrónoma Nicole Gugliucci [14].

Por todas estas razones, es que es necesario que como público y audiencia exijamos una mejor y mayor investigación periodística a las contribuciones científicas del presente, como también una mayor y mejor investigación sobre las relaciones entre la ciencia, la sociedad y la mujer en el pasado. Esas “historias” también deben ser conocidas.

Es necesario que como ciudadanas y ciudadanos demandemos políticas de género que promuevan igualdad en todos los ámbitos de la investigación, como ha planteado la Red de Investigadoras (RedI) [15].

 

Es indispensable que no toleremos ni normalicemos más estas invisibilizaciones, minimizaciones y -como se decía antiguamente- “robos”. No permitamos que ninguna otra mujer vuelva a ser silenciada. Por favor, no dejemos que se repitan las injusticias de las cuales fueron víctimas Trótula, Rosalind, Jocelyn y tantas otras científicas.

 

 

Referencias:

[1] http://www.lun.com/default.aspx?dt=2018-11-22

[2] http://www.conicyt.cl/wp-content/uploads/2018/10/COMPENDIO-ESTADISTICO-AN%CC%83O-REFERENCIA-2017.pdf

[3] http://www.conicyt.cl/wp-content/uploads/2015/03/Politica-Institucional-Equidad-de-Genero-en-CyT-Periodo-2017_2025.pdf

[4] Green, M. (1999), “In search of an “Authentic” women’s medicine: the strange fates of Trota of Salerno and Hildegard of Bingen”, Dynamis.19: 25-54.

[5] Curie, E. (1938), Madame Curie, Heinemann; Quinn, S. (1995), Marie curie: A life, Simon & Schuster.

[6] Maddox, B. (2002), Rosalind Franklin, Harper Collins.

[7] https://www.bbc.com/mundo/noticias-42199440

[8] https://www.nature.com/articles/217709a0

[9] https://redinvestigadoras.cl/

[10] Fondecyt Regular 1170625 “Mirando las estrellas desde  el Sur del Mundo: el Observatorio Astronómico Nacional de Chile (1852-1927)”. Web: http://www.observandoelcosmos.cl/

[11] http://www.periodicos.ulbra.br/index.php/ci/article/view/3481/pdf_1

[12] https://mashable.com/2017/09/25/hepeating-term-women-workplace/#IhF3q5BDIOqY

[13] http://stopviolenciasexual.org/micromachismos-terminos-nuevos-practicas-antiguas/

[14] https://www.independent.co.uk/life-style/hepeating-what-woman-ignore-men-idea-repeat-sexism-misogynist-a8080601.html

[15] https://www.youtube.com/watch?v=ywm4FNhwx-8&feature=youtu.be

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Lorena Valderrama
Académica y Doctora en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Sus áreas de investigación son las relaciones entre tecnociencia y sociedad. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com

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