Mauricio Aspé

La teoría de la evolución por selección natural, que cristaliza en los trabajos de Darwin y Wallace, es sin lugar a dudas una de las ideas más revolucionarias producidas por la acumulación cultural humana. A más de siglo y medio de su publicación, esta teoría nos permitió dar un salto decisivo en la comprensión de un fenómeno que nos suele dejar perplejos: la asombrosa diversidad (y trayectorias) de los diseños biológicos que presenciamos en la naturaleza [1]. Esto incluye (dado que nosotros, Homo sapiens, somos seres sociales, culturales y biológicos) muchos fenómenos humanos que pueden explicarse apelando a cómo, durante nuestra historia evolutiva, algunos componentes de nuestro cerebro, nuestra psicología y nuestra cultura han sido forjados por selección natural.

Sin embargo, cuando hablamos de la teoría de la evolución hablamos de algo más amplio (algo, me atrevería a decir, harto más amplio) que simplemente hablar de selección natural. Pensar que “evolución” es un concepto más o menos idéntico a “selección natural” es poner un énfasis excesivo en un aspecto acotado de esta teoría.

Este reduccionismo (evolución = selección natural) vive, curiosamente, no sólo en la cabeza del público general, que no tiene por qué manejar con exactitud esa teoría, menos si nosotros, los científicos, no cooperamos del mejor modo en la difusión de la ciencia, como expongo en mi columna anterior, sino que también se perpetúa en los círculos en que trabajamos los científicos que nos inspiramos por este marco explicativo [2].

El objetivo de esta serie de columnas es dar un pequeño paseo por los otros aspectos, los aspectos olvidados cuando pensamos en la teoría de la evolución.

Además, busca arrojar luces sobre por qué ocurre un fenómeno que es, seguramente, aún peor: cómo este reduccionismo a veces evoca ideas asociadas a corrientes como el fascismo [3], lo cual ejemplificaré a través de algunos sucesos de la contingencia política nacional. En esta primera entrega, quisiera contar qué es lo que entendemos por evolución, y por qué el invaluable aporte de Darwin constituye sólo uno de los mecanismos por el cual las poblaciones evolucionan. En una segunda y tercera parte, expondré por qué considero que estos reduccionismos evocan ideas asociadas al fascismo, mostrando cómo una aproximación más pluralista (y acertada) a la teoría de la evolución implica desechar esa asociación. La cuarta y última entrega se centrará en un caso especial de evolución, muy pertinente para explicar el fenómeno humano: la evolución cultural. Todo esto, claro está, abierto a la discusión y el escrutinio tanto de pares científicos como de pares no-científicos, interesados en el debate.

Partamos por el principio: Antes de Darwin, la explicación de la diversidad de las formas de vida que observamos en la Tierra se basaba, principalmente, en el Creacionismo: Dios creó especies inmutables, y a nosotros como la “guinda de la torta” de la creación (suena un poco egocéntrico, ¿no creen?). Darwin llegó a dar vuelta todo: Las formas de vida que conocemos existen a partir de formas más “simples” de existencia, dado que los organismos se reproducen (1) heredando características de sus progenitores, lo cual, (2) produce una descendencia diversa, y ésta (3) además de ser mayor en número a la cantidad de progenitores, se reproduce diferencialmente: algunos individuos se reproducen más que otros [5, 6].

Darwin “pega” estas ideas (que ya existían en su tiempo), proponiendo un mecanismo brillante: De esta descendencia diversa, que compite bajo las condiciones particulares de un medio determinado, sobreviven más y se reproducen más quienes son más “aptos” o “ajustados” (“survival of the fittest”) en relación a sus competidores, heredando sus características a las siguientes generaciones [6]. En otras palabras: cuando dos “padres” se reproducen, dan lugar a una descendencia que hereda sus características, pero con cierta variabilidad: los hermanos se parecen a los padres, pero los hermanos no son iguales ni a sus padres ni entre sí.

Dadas las exigencias impuestas por un ambiente determinado, algunos de estos hijos sobreviven: precisamente los que están mejor adaptados para competir bajo estas exigencias. Esto, como consecuencia, hace que las propiedades de estas poblaciones de organismos vayan modificándose a través del tiempo.

Ahora, miremos el panorama más general: Lo que las teorías de la evolución buscan explicar es por qué las especies son como son [7]. En términos más técnicos (y expresado de un modo amplio), buscan explicar cómo cambian las propiedades de poblaciones de organismos de una generación a otra [7, 8, 9]. Esto es un tema central en biología, y es lo que recalca el título del famoso ensayo del biólogo evolucionario Theodosius Dobzhansky: “Nada en biología hace sentido, excepto bajo la luz de la evolución” [10]. Pero ojo: es la evolución lo que ilumina y le da sentido a la biología.

Muchas veces se nos parece olvidar que la teoría de la evolución por selección natural de Darwin es sólo uno (innegablemente, uno muy importante) de los varios mecanismos que explican cómo ocurre la evolución. Dicho de otro modo: buena parte de la evolución (i.e., uno de los más importantes procesos que hacen que nosotros seamos lo que somos) puede explicarse apelando a mecanismos distintos de la existencia de adaptaciones genéticas, producto de presiones selectivas que se ejercen sobre organismos que compiten por recursos escasos.

Primer borrador del árbol de la vida de Darwin

Sin embargo, a pesar de que sabemos que la evolución es algo mucho más pluralista que el mecanismo de evolución propuesto por Darwin, ocurren dos fenómenos: (1) muchas veces, se considera la idea de “selección del más apto en una competencia bajo un ambiente A” , de un modo muy acotado, considerando el ambiente A como algo fijo, y con un énfasis excesivo en la competencia entre organismos como el mecanismo que dinamiza este proceso, y (2) existe un excesivo enfoque en este tipo particular de evolución, dejando de lado enfoques que apelan (i) a otros modos de evolución genética, y (ii) a otros modos de evolución, que pueden darse por procesos que no requieren necesariamente de evolución genética, como la evolución de tipo cultural.

Un punto crucial es que tanto (1) como (2) son insuficientes para explicar un sinfín de los aspectos que nos constituyen no sólo como las entidades biológicas que somos, sino también para explicar, específicamente pero no exhaustivamente, el fenómeno humano. Es más: pensar sólo en términos de (1) y (2) nos restringe a concebir a nuestra especie de un modo demasiado acotado. Como expondré en otras columnas, si bien existen ciertas determinantes genéticas y sociales, el humano es, bajo los contextos y sistemas de incentivos adecuados, una especie capaz de cimentar una sociedad más justa, diversa, libre, solidaria y fraterna.

Lo que sigue a partir de esto es el material de las próximas entregas. Como adelanto, me gustaría mencionar, respecto al punto (1), que las teorías actuales muestran que los organismos no nos adaptamos a un ambiente fijo, inamovible. Por el contrario, los mismos organismos construimos, activamente, parte del “nicho” ecológico al que nos adaptamos [11]. Un ejemplo clásico es el de la termita y su termitero.

Un lector inquieto podría adelantar la pregunta: ¿Cuánto del ambiente al que los humanos nos adaptamos está creado por los mismos humanos? ¿Las instituciones humanas podrían ser uno de éstos casos? [11].

Respecto al punto (2), existen modos de evolución que no implican presiones selectivas: muchas veces cambiamos, simplemente, por azar, y el azar nos abre nuevos caminos de evolución. Un ejemplo de esto es el mecanismo denominado “deriva génica” [12], que pareciera ser capaz de explicar, inter alia, la evolución de la parte del cráneo que contiene nuestro cerebro [13].

Es crucial mencionar que el azar es la fuerza básica sobre la que actúa la evolución [6, 14], y que, antes de suponer que algo es una adaptación por obra de la selección natural, esto debe probarse contra la hipótesis nula de que ese algo es producto de, simplemente, la deriva génica. Esto, muchas veces, se olvida en la comunidad científica cuando se habla de teoría de la evolución.

Es más: difícilmente explicaremos el fenómeno humano apelando al programa genético que le da la forma de nuestro cráneo, o al que organiza el plan general del diseño de nuestro cerebro.

Nuestra cultura también evoluciona, sin la necesidad de que exista un (harto más lento) proceso de evolución genética que “recablee” nuestro cerebro. Otro punto que discutiremos es lo problemático de la noción “del más apto”: la evolución no tiende hacia el más “apto”, sino que, en líneas generales, “elimina” lo que es derechamente inviable.

En otras palabras, más que seleccionar al más apto, la evolución simplemente define lo apto, y dentro de todo lo que es apto la evolución permite, y fomenta, la diversidad.

En la próxima entrega, me explayaré en estos y otros puntos, contando cómo una visión reduccionista de la teoría de la evolución ha influenciado  ideas en campos tales como el estudio de la conducta económica humana, o el diseño de nuestra mente: por ejemplo, cuando concebimos los mercados como los mecanismos más eficientes porque incentivan la competencia y premian al “más adaptado”, o cuando pensamos que estamos genéticamente determinados a comportarnos de tal o cual modo. Ambas ideas, muy en boga, tienen ciertas connotaciones “fascistas”, que pueden superarse a través de una concepción más pluralista de la teoría de la evolución.

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Referencias: 

[1] https://plato.stanford.edu/entries/darwinism/

[2] Una referencia clásica al respecto es el artículo “The Spandrels of San Marco and the Panglossian Paradigm: A Critique of the Adaptationist Programme”, de Gould y Lewontin. Proceedings of the Royal Society of London. Series B, Biological Sciences, 205(1161), 581-598. (1979).

[3] Por fascismo me referiré, de un modo más bien amplio (pero no por eso inexacto), a una ideología que tiene a la base “una creencia en una especie de jerarquía social natural, aplicada al ser humano, y que busca la subordinación de los intereses de los individuos al bien de una nación o de una élite” [4]. La creencia en un sistema de nación dado por un orden natural y excluyente y que, por ende, presenta componenetes de racismo y xenofobia, y la incitación a la violencia como estrategia política, podrían considerarse otros componentes clásicamente asociados a esta ideología. Quizá el único aspecto inherente al fascismo al que no apelaré, necesariamente, en la definición utilizada en estas columnas, será su fuerte componente estatista.

[4] https://www.britannica.com/topic/fascism

[5] Gould, S. J. (2002). The structure of evolutionary theory. Harvard University Press. Pp 13.

[6] https://plato.stanford.edu/entries/natural-selection/

[7] https://plato.stanford.edu/entries/evolution/

[8] Futuyma, Douglas J., 2005, Evolution, Sunderland, MA: Sinauer Associates.

[9] Endler, John, 1986, Natural Selection in the Wild, Princeton, NJ: Princeton University Press.

[10] Dobzhansky, T. (2013). Nothing in biology makes sense except in the light of evolution. The american biology teacher, 75(2), 87-91.

[11] Laland, K. N., Odling-Smee, J., & Feldman, M. W. (2000). Niche construction, biological evolution, and cultural change. Behavioral and brain sciences, 23(1), 131-146.

[12] https://plato.stanford.edu/entries/genetic-drift/

[13] Schroeder, L., & Ackermann, R. R. (2017). Evolutionary processes shaping diversity across the Homo lineage. Journal of human evolution, 111, 1-17.

[14] Brandon, R. N., 1990, Adaptation and Environment, Princeton: Princeton University Press.

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Mauricio Aspé
Psicólogo. Doctor en Ciencias, mención Neurociencia en la Universidad de Valparaíso. Investigador de la División de Neurociencia Social de la Comunidad de Investigación de la Cooperativa "La Tejedora". Su área de especialización es la neurobiología de la toma de decisiones económicas humanas, con especial énfasis en conductas prosociales y preferencias institucionales endógenas.