Mauricio Aspé

Continuemos. En la columna anterior decía que, tanto en el público general como en ciertos círculos científicos, existe un reduccionismo que presupone que la evolución se explica casi exclusivamente por el mecanismo de selección natural [1]. Además, con ejemplos de la contingencia político-ideológica nacional, me comprometí a destacar cómo este reduccionismo a veces evoca ideas asociadas a corrientes como el fascismo.

En la presente columna, ejemplificaré este fenómeno utilizando como ejemplo la opinión de un conocido autor de la Fundacion para el Progreso, que busca utilizar la teoría de la evolución para naturalizar las brechas salariales entre hombres y mujeres, apelando a diferentes “habilidades”. De paso, mencionaré que esta artimaña se ha utilizado, también, para justificar la pobreza.

Tomemos, entonces, las palabras de Axel Kaiser, publicada aquí. Su tesis es simple; podría resumirse así:

“[La más evidente mentira del feminismo es que] el género es meramente una construcción social. […] Estudio tras estudio han mostrado que la evolución adaptó no solo los cuerpos de hombres y mujeres […], sino también sus cerebros. [Por tanto, distintos] tipos de habilidades [y] preferencias […] afectan con diversa recurrencia y magnitud a hombres y mujeres, precisamente porque el cableo cerebral no es idéntico”. (Las cursivas son mías).

Todas estas aseveraciones terminan, por supuesto, en una justificación neoliberal de la brecha salarial existente entre los géneros:

“Experimentos realizados con bebés y monos antes de ser socializados muestran que machos y hembras tienen preferencias distintas. [Por esto,] en general las carreras más lucrativas son ocupadas mayoritariamente por hombres y las menos lucrativas por mujeres. [Esto no es] producto de la discriminación machista sistemática [2]”. (De nuevo, las cursivas son mías).

En resumen, si Uds entienden lo mismo que yo: Las distintas preferencias y habilidades de hombres versus mujeres no son producto de ningún componente cultural, sino adaptaciones genéticas (muy probablemente concebidas como) producto de la selección natural. Por ende, el mercado premia con mayores salarios a los hombres.

Dejemos de lado el hecho de que el artículo sólo referencia a Wikipedia [4]. Donde el autor hace lo que llamaré su afirmación central (de aquí en adelante, AC), sintetizada como Estudio tras estudio han mostrado que la evolución adaptó los cerebros de hombres y mujeres, de modo que los hombres manifiestan preferencias y habilidades por actividades mejor pagadas, un académico riguroso debería decir: “Los estudios son súper poco concluyentes al respecto [7-15].”

“Por el contrario,” – agregaría el académico riguroso – “diversos estudios muestran que tales diferencias no existen [7, 8, 10, 12, 13, 15]. El estudio pre-socialización citado [14] es sólo un estudio, el cual no ha sido replicado, y ha sido criticado por adolecer de problemas metodológicos [7, 15].

El resto de las investigaciones se han efectuado después del proceso de socialización (por ejemplo, [9, 11]), por tanto no podríamos descartar variables culturales. Menos aún afirmar que estas supuestas diferencias son adaptaciones producto de presiones selectivas. Eso, es un salto o gratuito, o tendencioso.“

Desglosemos esto, partiendo en desventaja: concedámosle al autor la falsa (o al menos muy dudosa) AC. Concedamos, de este modo, que los cerebros de hombres y mujeres están cableados de un modo distinto, a causa de adaptaciones por distintas presiones selectivas.

Aquí ya podemos encontrar un tendencioso error conceptual: las adaptaciones no necesariamente son óptimas; tampoco son fijas, inamovibles. Algo que podría ser una adaptación, en un momento o contexto, podría ser completamente mal adaptativo en otro. Además, como afirmamos en la columna anterior, nosotros mismos creamos, activamente, el ambiente ante el cual nos adaptamos [16, 17].

A partir de esta idea, conocida como Teoría de la Construcción de Nichos [16], se podría elaborar la pregunta: ¿Cuánto del ambiente al que los humanos nos adaptamos es un ambiente fijo, impuesto, y cuánto de ese ambiente – nuestra cultura, nuestras instituciones – está creado y mantenido por nosotros mismos, los humanos?

Desde estas perspectivas, resulta que las diferencias entre géneros (i) no serían inamovibles, (ii) estarían influidas por un nicho cultural históricamente machista (por tanto, cambiando el nicho cultural estas supuestas diferencias podrían cambiar de dirección, o desaparecer), y (iii) no son, por ningún motivo, razones para naturalizar supuestas “diferencias en habilidades y preferencias”.

Retomemos la (falsa/dudosa) AC, ahora de un modo menos condescendiente. Es cierto, los machos humanos solemos tener pene, y las hembras, vagina. Pero: ¿Es esta perogrullada suficiente para afirmar que nuestros cerebros son cualitativamente distintos? Pareciera que no.

Un estudio reciente muestra que la inmensa mayoría de la población (entre un 94% y un 98%) presenta un cerebro “mosaico”, que no podría categorizarse como “macho” o “hembra” [8]. Funcionalmente, si bien un estudio muestra que hombres y mujeres tenemos ciertas diferencias de conectividad, estos datos están tomados de personas de entre 8 y 22 años de edad [11]. O sea, cuando ya han sido socializados. Y si algo sabemos del cerebro humano, es que es particularmente plástico [21], por lo que podemos esperar que variables socioculturales modifiquen su conectividad.

Es más: meta-análisis han mostrado que muchos de estos estudios han sido mal interpretados por la prensa, o desmentidos por la comunidad científica [7, 12, 13, 15].

Ahora, afirmar que estas supuestas diferencias son adaptaciones producto de presiones selectivas, simplemente no se sigue de los datos. Menos si consideramos que la evolución del cerebro humano puede explicarse por procesos distintos a la selección natural [18, 19, 20], y que, cuando la selección natural opera, habría favorecido la plasticidad cerebral para que sea, precisamente, el contexto social y cultural lo que define su cableado [21].

La frenología es una antigua teoría pseudocientífica, en ocasiones utilizadas para justificar “científicamente” el racismo y clasismo

Esto, además, tiene implicancias para entender la diversidad sexual: a veces “los cromosomas sexuales dicen una cosa, pero las gónadas, la anatomía sexual (o los cerebros) dicen otra” [22]. De nuevo: pareciera no haber un cerebro macho y uno hembra, sino un cerebro humano, mosaico, diverso. Y si le vamos a dar connotaciones evolutivas, la diversidad es el motor mismo de la evolución.

Negar la diversidad es impedirnos evolucionar

Respecto a conductas económicas, afirmaciones como “las mujeres toman menos riesgos” o “son menos competitivas” (sobre las que también se inventan historias genéticas o evolutivas) han sido cuestionadas por basarse en razonamientos simplistas y/o en sesgos de confirmación [12, 13]. Cuando se hacen meta-análisis al respecto, estas diferencias suelen desaparecer.

En el mejor de los casos, son insignificantes: Si a Ud le ponen delante a un hombre y a una mujer, y le preguntan cuál es más arriesgado o más competitivo, y Ud apunta al hombre, la probabilidad de acertar es sólo un 5% mayor que la esperada si eligiera al azar [12, 13]. Tal como en el caso de los cerebros, conductualmente también somos “mosaicos”.

Es curioso, además, que exactamente el mismo cuento se haya enarbolado para naturalizar la enorme desigualdad de ingresos existente en el mundo actual: los pobres son pobres porque tienen menos habilidades; por ende, el mercado no los puede “premiar” lo suficiente como para que satisfagan sus necesidades básicas.

Esto ha sido refutado por investigaciones que muestran que los pobres, cognitivamente, rinden igual que los ricos, excepto cuando están expuestos (adivinen…) a preocupaciones financieras agobiantes [23].

Esta semana había que adelantar la hora en nuestro reloj, no todos lo hacen
No todos adelantaron la hora en su reloj esta semana

En resumen: No podemos afirmar que los cerebros de hombres y mujeres, o de pobres y ricos, presentan diferentes adaptaciones que se manifiestan en diferentes preferencias o habilidades. Cuando les digan eso, enciendan el detector de poca rigurosidad intelectual. Cuando les digan eso, pero para justificar la existencia de alguna especie de jerarquía natural entre géneros, entre etnias, o entre clases, enciendan el detector de fascismo.

 

Referencias:

[1] Esto podría refrasearse así: las especies son como son a causa de adaptaciones genéticas que se ejercen sobre organismos que compiten por recursos escasos.

[2] Curiosamente, la semana pasada se dio a conocer una investigación que muestra que, durante años, una facultad japonesa de medicina bajó deliberadamente los puntajes de sus postulantes mujeres [3].

[3] https://es.reuters.com/article/topNews/idESKBN1KS103-OESTP

[4] El artículo no presenta ninguna fuente a los estudios originales, sino solo a las páginas personales de los autores que son citados. Estos autores podrían caber en dos categorías: Una sería la de tecnócrata neoliberal, como en el caso de Pinker (quien ha hecho declaraciones bastante curiosas, como la de que “una persona promedio de 1910, de haber entrado a una máquina del tiempo y haber viajado hasta el día de hoy, sería considerada un limítrofe retardado para nuestros estándares [5]). La otra categoría sería la de miembro de think tanks conservadores, como Christina Sommers, miembro del American Enterprise Institute [6].

[5] https://www.thenation.com/article/waiting-for-steven-pinkers-enlightenment/

[6] https://en.wikipedia.org/wiki/American_Enterprise_Institute

[7] Saini, A. (2017). Inferior: How Science Got Women Wrong and the New Research That’s Rewriting the Story. Beacon Press.

[8] Joel, D., Berman, Z., Tavor, I., Wexler, N., Gaber, O., Stein, Y., … & Liem, F. (2015). Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(50), 15468-15473.

[9] Hedges, L. V., & Nowell, A. (1995). Sex differences in mental test scores, variability, and numbers of high-scoring individuals. Science, 269(5220), 41-45.

[10] https://www.newscientist.com/article/dn28582-scans-prove-theres-no-such-thing-as-a-male-or-female-brain/

[11] Ingalhalikar, M., Smith, A., Parker, D., Satterthwaite, T. D., Elliott, M. A., Ruparel, K., … & Verma, R. (2014). Sex differences in the structural connectome of the human brain. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(2), 823-828.

[12] Nelson, J. A. (2017). Gender and Risk-Taking: Economics, Evidence, and Why the Answer Matters. Routledge.

[13] http://evonomics.com/yes-economics-problem-women/

[14] Al parecer, es este, ya que el autor no cita el artículo original:

Connellan, J., Baron-Cohen, S., Wheelwright, S., Batki, A., & Ahluwalia, J. (2000). Sex differences in human neonatal social perception. Infant behavior and Development, 23(1), 113-118.

[15] https://www.writingonglass.com/content/gender-differences-science

[16] Laland, K. N., Odling-Smee, J., & Feldman, M. W. (2000). Niche construction, biological evolution, and cultural change. Behavioral and brain sciences, 23(1), 131-146.

[17] Un lindo ejemplo de construcción de nichos es el de Cyclosa, una araña que, para engañar a sus predadores, construye, sobre su propia telaraña, una araña falsa, hecha también de su propia telaraña.

[18] Por citar algunos ejemplos: el neurocráneo (i.e., la parte de nuestro cráneo que alberga nuestro cerebro) probablemente evolucionó por deriva génica.

[19] Schroeder, L., & Ackermann, R. R. (2017). Evolutionary processes shaping diversity across the Homo lineage. Journal of human evolution, 111, 1-17.

[20] Suzuki, I. K., Gacquer, D., Van Heurck, R., Kumar, D., Wojno, M., Bilheu, A., … & Detours, V. (2018). Human-specific NOTCH2NL genes expand cortical neurogenesis through Delta/Notch regulation. Cell, 173(6), 1370-1384.

[21] Gómez-Robles, A., Hopkins, W. D., Schapiro, S. J., & Sherwood, C. C. (2015). Relaxed genetic control of cortical organization in human brains compared with chimpanzees. Proceedings of the National Academy of Sciences, 112(48), 14799-14804.

[22] https://www.nature.com/news/sex-redefined-1.16943

[23] Mani, A., Mullainathan, S., Shafir, E., & Zhao, J. (2013). Poverty impedes cognitive function. Science, 341(6149), 976-980.

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Mauricio Aspé
Psicólogo. Doctor en Ciencias, mención Neurociencia. Investigador de la División de Neurociencia Social de la Comunidad de Investigación de la Cooperativa "La Tejedora". Su área de especialización es la neurobiología de la toma de decisiones económicas humanas, con especial énfasis en conductas prosociales y preferencias institucionales endógenas. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com

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