Mariela González

Hoy en día la globalización nos permite desplazarnos por el mundo con una facilidad antes impensada. Esta conectividad tiene pros y contras, como todo. Entre las ventajas está el poder conocer la diversidad de culturas y paisajes que presentan nuestro planeta. Sin embargo, también se promueve el transporte de personas y material, lo que con lleva el traslado de material contaminado de un país a otro. Ustedes se preguntarán, ¿qué importancia puede tener esto? Básicamente se permite el ingreso accidental o deliberado de animales, plantas y evidentemente de microorganismos externos al país.

Chile es un país que se encuentra delimitado por barreras naturales, como lo son el océano Pacífico, el desierto de Atacama y la Cordillera de Los Andes, las que permiten proteger nuestra importante flora y fauna endémica. No obstante, con los avances en las comunicaciones, estas barreras son fácilmente eliminadas. En ese contexto, hay que poner especial énfasis en el bosque nativo, que hasta el día de hoy se encuentra descuidado, tanto en su manejo, en su conservación, como en su sanidad.

Un ambiente como el bosque nativo tiene una dinámica establecida, donde sus componentes: hospedero (árboles y arbustos) y agentes patógenos (hongos, bacterias, etc.) han evolucionado en conjunto. Esta co-evolución ha permitido generar variabilidad entre los individuos de una misma especie. Entonces, en un ambiente natural existen organismos susceptibles y otros resistentes, como es el caso de los hospederos, así como de patógenos más o menos virulentos que se ven influenciados por condiciones ambientales. Condiciones que hoy, además, pueden generar importantes disturbios producto del ya conocido cambio climático.

En el país son pocos los estudios que establecen relaciones entre patógenos y hospederos nativos y su dinámica. A causa de este desconocimiento aún no logramos determinar cómo las variaciones ambientales podrían afectar el equilibrio de nuestros propios organismos. Por otro lado, cuando un ambiente natural se ve interrumpido en su dinámica, ya sea por el ingreso de agentes externos a él, producto principalmente del tránsito de turistas y vehículos, se genera un desequilibrio.

Un organismo patógeno nuevo que ingresa en un ambiente natural, donde los hospederos, en este caso árboles, no poseen las maquinarias de defensa para sobrevivir a su ataque, genera importantes pérdidas para la diversidad genética de los árboles afectados. Esto provoca la formación de un cuello de botella donde pocos organismos podrán sobrevivir, y donde su potencial de desarrollo se verá limitado a un reducido conjunto de individuos.

Episodios de este tipo se han observado en distintas partes del mundo, donde los daños a los ecosistemas han sido irreversibles. En el país se han ingresado agentes de alto potencial, de los cuales ya existen registros previos, como Phytophthora cinnamomi. Este organismo perteneciente al reino protista ha provocado la devastación de bosques nativos en Oceanía, Europa y América, afectando a más de 2.000 hospederos. Hoy este organismo se encuentra disperso en nuestros bosques.

Es sumamente importante recalcar la diversidad de nuestro patrimonio natural. Debemos tener conciencia de nuestro impacto en el medio para poder tomar medidas que mitiguen estos daños. Nuestro país es parte de los hot spot, o puntos calientes de biodiversidad con prioridad de conservación, el que podría perderse por la liviana reacción frente al cuidado y la protección de nuestros recursos.

Mariela González
Ingeniera en biotecnología vegetal de la Universidad de Concepción y candidata a magíster en Ciencias forestales de la misma universidad. Se ha desarrollado como investigadora tanto en la industria como en la academia. Actualmente sus áreas de interés son el bosque nativo y la identificación molecular de agentes patógenos.

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