Carlos Ruz

Todos los días, en cada segundo e instante, somos bombardeados por millones de estímulos de nuestro entorno; el trinar de las aves, el sonido de las personas al conversar, el tráfico de punta en la ciudad, incluso la risa de los niños y niñas al jugar en el parque.

Estamos permanentemente recibiendo información de los espacios que habitamos y donde nos desarrollamos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar sobre esto, muchas veces es considerado poco relevante, trivial y mundano. Con certeza, debiésemos afirmar que estas acciones constituyen algo único, una maravilla de la vida, sublime y muy profunda.

De todo lo que recibimos segundo a segundo, sólo algunos estímulos logran desencadenar un cambio o reestructuración en nuestros cerebros, lo que más tarde se transforma en esa música que resuena en nuestros pensamientos de todo el día, el aroma percibido en una caminata por la playa, por ejemplo. Eso es lo que llamamos “aprendizaje”.

¿Cómo aprendemos los humanos?

La búsqueda sobre las claves para entender el aprendizaje ha sido de larga data. Desde los enfoques psicológicos que estudiaban los estímulos y los mecanismos de respuestas en animales a fines del siglo XIX y principios del XX, se establecieron las primeras hipótesis que asociaban directamente estos dos conceptos, cuyos referentes fueron Skinner, Watson y Pavlov.

Las claves de los trabajos de Pavlov, por ejemplo, en los cuales realizó diversos experimentos con perros, más tarde originaron lo que en psicología pasó a llamarse conductismo. En sus experimentos, Pavlov encontró que los perros respondían de cierta forma al colocarle comida en la boca. Cada vez que le depositaba comida en la boca, hacía sonar una campana, de forma que cuando el perro la escuchaba asociaba el sonido con la comida y salivaba. Así, el perro daba una respuesta (R) a un estímulo (E) [6].

Posteriormente, con famoso psicólogo conductista Skinner se llegó a un nivel máximo de pensamiento sobre el aprendizaje desde la mirada conductista. Fue él quien incluso extendiendo diversas técnicas psicológicas en la modificación de la conducta humana a través de lo que llamó condicionamiento operante, como una forma de ingeniería social. Skinner consideraba a los diversos fenómenos del aprendizaje como objetivos, observables y medibles, dejando fuera los procesos internos, emocionales y afectivos [5].

Seymour Skinner (su apellido parece inspirado en el famoso psicólogo conductista), quien es el director de la Escuela que asiste Bart y Lisa Simpson. Bart Simpson resulta ser la antítesis de la teoría del psicólogo.

Pasarían algunos años para que el foco sobre el aprendizaje cambiara. Se modificó la mirada desde lo netamente observacional para incluir ahora acciones motrices, conductuales y sociales de las personas. Surgen así las teorías de Gestalt, cambiando el enfoque existente sobre la forma en que los seres humanos aprendían. Más adelante, aparecieron los aportes de Bandura, Piaget y Vygotsky, incluyendo este último, un concepto revolucionario llamado “zona de desarrollo próximo, el cual en pocas palabras, se interpreta como el espacio que existe entre el desarrollo real del estudiante y el nivel de desarrollo potencial que puede lograr mediante la guía de un adulto, guía o profesor [1].

El aprendizaje en los humanos es  multidimensional

Se vinculan estímulos externos, procesos de mediación internos, cambios en aspectos fisiológicos, motores y cognitivos. De esta forma, se puede intentar definir el aprendizaje a un nivel integral.

Una aproximación sería que “constituye un proceso a través del cual se adquieren o modifican habilidades, destrezas, conocimientos, conductas o valores como resultado de la experiencia, la observación, la instrucción y el razonamiento” de las personas de acuerdo al medio o contexto en el cual se encuentren [4]. En ese sentido, la complejidad que tiene el cerebro de los seres humanos, hace que la propia vida determine ciertos rangos de tiempos del desarrollo para que el aprendizaje sea más eficiente y óptimo cuando más se necesita.

Al momento del parto, nuestro cerebro pesa aproximadamente 350 gramos, y la proliferación no cesa durante los primeros tres años de vida.

Todos los estímulos que recibe un bebé en ese período se transforman en información disponible para sus funciones motoras y de ejecución. Así, el aprendizaje se releva a disponer de un conjunto de conocimientos y múltiples recursos (memoria de trabajo) que más tarde sirve para lograr los objetivos o metas que necesitamos. Aprendemos individualmente, pero en un marco o contexto social y cultural [2].

Las experiencias que vamos teniendo en nuestras vidas, alimenta el aprendizaje que adquirimos, generando una modificación de comportamiento, y que conlleva una variación en la estructura física del cerebro. En cierta forma somos nosotros y nuestras circunstancias de vida.

Así, la inteligencia surge como respuesta adaptativa al medio en el cual nos encontramos, y de ahí la importancia de tener marcos sociales, materiales y culturales apropiados para el desarrollo de todas las personas.

Un ejemplo interesante lo representa el acto de aprender a leer y escribir cuando somos niños o niñas. Sin duda alguna que para muchas personas es un vago recuerdo, quizás algo incluso sin importancia en realidad adulta, pero que biológica y cognitivamente representa un cambio radical en el desarrollo de ese ser humano que somos todos nosotros.

El aprendizaje de lecto-escritura, parte mucho antes que el kínder con la educadora de párvulos, se vincula con una concatenación de acciones simples como lo es la imitación u observación de los padres o madres en el entorno cercano, para más tarde generar conductas más complejas y elaboradas, asociadas al plano motor y fisiológico.

Aprendemos imitando, copiando y observando a los demás. El componente social y gregario es latente en los seres humanos, asociado fuertemente a regiones del cerebro que hoy conocemos como neuronas espejo.

Sabemos entonces que aprendemos, en primer lugar por imitación, y que se asocia fuertemente a nuestro entorno cercano, social y cultural, entonces surge ahí la siguiente pregunta: ¿Cómo se integra el hecho descrito a un proceso cognitivo superior? Entendido de otro modo, ¿cómo transformamos ese proceso en un reajuste interno a nivel cerebral que se traduce en aprendizaje? Estas preguntas motivan a comprender que detrás del aprendizaje, existe una fuerza muy poderosa que lo dinamiza, que lo mueve.

El aprendizaje es inherentemente acción, es movimiento, y en el caso del acto específico de aprender a leer y escribir, se materializa fuertemente en este hecho. Cuando aprendemos, juega en este proceso un circuito clave: el sistema DAS, integrado por las letras iniciales de la dopamina, adrenalina y serotonina, que constituyen neurotransmisores clave, y son vinculados específicamente al deseo, atención y satisfacción del acto realizado.

Cuando se genera un aprendizaje relevante, este desencadena todo un proceso de alteración a nivel del cerebro y que se materializa en nuevas conexiones a nivel de la corteza cerebral y otras regiones que entran en juego elementos cognitivos específicos, mediados por aspectos emocionales y psicomotrices.

Son las relaciones que se generan entre los estímulos y las experiencias lo que verdaderamente construyen lo que somos, pasando incluso de generación en generación [3]. Si aprendemos a leer y escribir, es porque hemos sido capaces de insertar de forma apropiada los estímulos traducidos en una respuesta cognitiva integral de lo que somos como seres humanos. Así que cada vez que vea a alguien leyendo, ya sea en el metro, la micro, en la calle o en un parque, maravíllese, lo más probable es que ese proceso de aprendizaje haya cambiado a esa persona, para siempre.

Referencias:

1.- Barrios-Tao, H. (2016). Neurociencias, educación y entorno sociocultural. Educación y Educadores, 79(3), 395-415. DOI: 10.5294/edu.2016.19.3.5 http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0123-12942016000300395#back_fn1

  1. – Blakemore, S-J. & Choudhury, S. (2006). Development of the adolescent brain: Implications for executive function and social cognition. Journal of Child Psychology and Psychiatry47, 296-312. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1469-7610.2006.01611.x
  2. – Blakemore, S. J. y Frith, U. (2005). The learning brain: Lessons for education. Oxford: Blackwell Publishing. http://psycnet.apa.org/record/2005-07183-000

[4] Hidalgo, Mauricio. (2018). (Re) pensar el aprendizaje y la educación. Capítulo 8, pág. 119-140. Ediciones Como Sopla Las Velas. Santiago, Chile.

5.- Psicología Conductista https://es.wikipedia.org/wiki/Categor%C3%ADa:Psicolog%C3%ADa_conductista

6.- Condicionamiento clásico https://es.wikipedia.org/wiki/Condicionamiento_cl%C3%A1sico

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Carlos Ruz
Profesor de Matemática e Incipiente Investigador en Educación. Director de I+D de Fundación Maule Scholar. Coordinador del Laboratorio de Datos Chile. Escríbenos a contacto@chilecientífico.com

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