Lorena Valderrama

Yo quería escribir una columna sobre predicciones de terremotos. Quería escribirla hace semanas, cuando el Dr. Cordaro se presentaba en los matinales pidiendo recursos para continuar su investigación sobre la relación entre la variación en el campo magnético terrestre y grandes terremotos.

Escribí una tesis doctoral de casi 500 páginas con material de tres siglos que no aparecen ni en Google ni la Wikipedia, pero se me resistían los deseos y no sólo por falta de tiempo. Es porque hacerlo implica en este contexto abrir una caja negra posiblemente muy fascinante (sociológicamente hablando) pero con hartas contradicciones y conflictos éticos.

Científico invitado a matinal de Mega.
Científico invitado a matinal de Mega.

Añoramos tanto controlar la naturaleza mediante la predicción de fenómenos, que olvidamos los diferentes modos de adaptación que la tecnociencia nos ha permitido: construcciones más eficientes, protocolos de evacuación y mitigación del desastre, conocimiento sobre el interior de la tierra y algunos de sus mecanismos.

También olvidamos que la comprensión del fenómeno es bastante reciente. Hasta hace 60 años contábamos con antibióticos, vacunas, bombas nucleares y se había iniciado la carrera espacial, pero no teníamos ni idea de por qué se originaban los terremotos.

En 1947 la Unión Americana de Geofísica reconocía que gran parte de la comunidad científica internacional no había aún logrado resolver el tema del origen de las geosinclinales, los sistemas montañosos o el campo magnético de la tierra, como tampoco dilucidar las causas de los terremotos y las erupciones volcánicas.[1] Planteamientos como la deriva continental a inicios del siglo XX fueron ridiculizados en su momento por gran parte de comunidad científica y décadas después geólogas como Marie Tharp, aconsejadas de guardar silencio para no sufrir la misma suerte que Wegener [2]

Recién en la década de 1960, en plena guerra fría -y en gran parte gracias al apoyo militar-científicos, científicas y estudiantes de doctorado de diferentes continentes y disciplinas llegaron a resultados de investigación conducentes a elaborar la teoría de la tectónica de placas, explicando de esta forma fenómenos como el vulcanismo y la sismicidad [3]

Pero exigimos resultados concretos, capacidad predictiva y aplicaciones materiales a un cuerpo de conocimientos aún en desarrollo, de disciplinas muy recientes, cuyo objeto de estudio no es reproducible en un laboratorio.

En nuestro deseo de control de la naturaleza, del futuro y del saber, entendemos lo que queremos entender:

“que en Chile se desarrolló un modelo que permite predecir terremotos”. Lo que es falso.

Algunos investigadores, en su necesidad de demandar más financiamiento para continuar sus estudios o en su legítimo deseo de comunicar los resultados del trabajo de su vida, olvidan a los actores del acto divulgativo y que la comunicación no es una mera transmisión de información de un punto a otro.

No es un proceso en que unas personas clasificadas como “expertos”, luego de generar conocimiento de forma aislada lo comunican de una forma comprensible a otras personas tipificadas como “legos”, “profanos” o “inexpertos”, ignorantes científica y pasivos epistemológicos.

Esta visión de la comunicación pública de la ciencia está marcada principalmente por el modelo del déficit cognitivo y ha demostrado su escaza capacidad explicativa de la realidad social.[4]Este modelo omite que todos somos parte de los públicos de la ciencia, pues ninguna persona domina todos los ámbitos del saber.[5]

La historia de la comunicación de las ciencias, ha demostrado que los públicos (nosotros todos) estamos y hemos estado muy lejos de la homogeneidad y pasividad en el proceso comunicativo. Podemos compartir un mismo espacio y formar parte de un mismo contexto, pero no nos relacionamos ni con la información, ni con las fuentes de la misma manera. Interpretamos, resignificamos y nos apropiamos del conocimiento.

En este sentido aunque juguemos a “receptores”, “públicos” o “audiencias” somos agentes del acto divulgativo también. Es por eso que aunque podamos de manera muy eficiente divulgar los resultados de nuestra investigación y ser invitado a hablar de ésta en todos los matinales, con un lenguaje simple, buenos ejemplos, interesantes comparaciones y entretenidas metáforas, eso no quiere decir que estemos haciendo buena comunicación de la ciencia.

Podemos seguir todas las normas y divulgar a la sociedad nuestros resultados después de que publiquen nuestro artículo en “aquel” prestigioso journal, con todo el resguardo institucional y el apoyo de nuestra comunidad científica, pero al mismo tiempo generar falsas expectativas, caer en exageraciones, ser inexactos, desorientar o sencillamente confundir por omisión.

Porque la divulgación no depende de nosotros exclusivamente

No es una variable más a controlar en nuestro laboratorio. Esto, porque la comunicación social es mucho más compleja que el viaje unidireccional de una información entre un emisor y un receptor. La efectividad de un mensaje es multidimensional, donde su claridad y simpleza es sólo una parte.

El resto tiene más que ver con otros aspectos: el contexto, la agenda, la ideología, los prejuicios, la predisposición, la historia y la empatía.

Es importante tener pensado qué comunicar y saber cómo hacerlo bien. Sí, primero hay que dominar los pasos, pero también hay que conocer la cancha y a los otros jugadores. Esto, porque no todo radica en la claridad del mensaje o en la simplificación del lenguaje. La comunicación no sólo depende del emisor.

La teoría de la aguja hipodérmica (o la bala mágica) hoy en día en la mayoría de las escuelas de comunicación, sólo se enseña como parte del recorrido histórico de los cursos de teoría de la comunicación. Como hablar en geología sobre la deriva continental de Wegener.

Por eso hay que tener presente que no todos los espacios de comunicación son los más adecuados para todos los temas científicos. Algunos en su deseo de entretener y distraernos de lo importante, resaltan lo que quieren resaltar, interpretan como quieren interpretar y continúan el espectáculo después de que los científicos salen de cuadro. De esa forma están estructurados, pensados y diseñados.

Que los “saquen de contexto” y que pongan la episteme al mismo nivel de la doxa es absolutamente esperable dentro de esa dinámica (eso si es que logras salir al set y no te quedas maquillado tras bambalinas porque la falsa pelea entre los animadores está marcando más rating). Esos son los jugadores de esa cancha, pero esa no es la única cancha.

La comunicación es un encuentro de un uno con un otro. Unos y otros que no manejan los mismos códigos, ni comparten la misma historia, ni tienen iguales intereses y que muchas veces ni siquiera están en la misma frecuencia, pero siempre tienen agencia en este proceso.

Por eso la divulgación es ceder, es perder control y es salir de la zona de confort.

Eso es lo más fascinante de esta tarea: que por un lado necesitamos el control, comprendemos esa necesidad humana/científica y la dominamos bastante bien; pero por otro lado nos aventuramos en tierras inexploradas.

Debemos ser capaces de atrevernos y asumir el desafío con buenas técnicas, con un sólido conocimiento sobre el fenómeno, con las mejores herramientas, pero también con ética y responsabilidad.

Quizás si partimos desafiando el modelo del déficit, no nos conformemos con sólo trasmitir información en lenguaje sencillo a una gran audiencia. Quizás teniendo en consideración la agencia de los públicos-en cuyos zapatos nos deberíamos poner más seguido- es posible que no nos conformemos solamente con un aumento sostenido de cantidad de divulgadores y espacios de divulgación.

Modelo del déficit en escuela de Springfield (no es una escuela chilena)

 

 

 

No puede ser nuestro norte el ganar aceptación de nuestro quehacer o sólo más fondos para nuestra investigación. Una divulgación científica buena es aquella que invita a desarrollar el pensamiento crítico, a mostrar y problematizar el rol de la C&T en nuestra sociedad y a promocionar no unos determinados resultados, sino un diálogo de saberes.

Esa es la comunicación pública de la ciencia a la que espero muchos los que se inician en este camino se sientan llamados.

 

 

Referencias:

[1]Leason H. Adams (1947). Some unsolved problems of geophysics. Eos, Transactions American Geophysical Union, 28 (5), pp. 673–679.

[2] Naomi Oreskes (1999). The Rejection of Continental Drift: Theory and Method in American Earth Science. Nueva Yowk/Oxford: Oxford University Press.

[3] Naomi Oreskes (2001). Plate Tectonics: An Insider’s History of the Modern Theory of the Earth. Colorado: WestviewPress.

[4]Brian Wynne (1992). Public understanding of science research: new horizons or hall of mirrors?,Public Understanding of Science 1, pp. 37-43.

[5]Agustí Nieto-Galan (2011). Los Públicos de la Ciencia. Expertos y profanos a través de la historia. Madrid: Marcial Pons.

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Lorena Valderrama
Doctora en Historia de la Ciencia y Comunicación Científica. Académica del Departamento de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Sus áreas de investigación son las relaciones entre tecnociencia y sociedad.