Lorena Díaz

En febrero de 1997 se anunció uno de los hitos más relevantes en la historia de la biotecnología moderna: el nacimiento de la oveja Dolly, como resultado de la fusión entre una célula adulta y un óvulo no fecundado. Dolly fue bautizada en homenaje al «impresionante par de glándulas mamarias» de la cantante Dolly Parton, ya que la célula adulta utilizada fue obtenida de la ubre de una oveja.

Ese mismo año en Chile, la astrónoma María Teresa Ruiz recibió el Premio Nacional de Ciencias Exactas, convirtiéndose en la primera mujer –y única a la fecha– reconocida mediante este galardón. Es también la primera licenciada en Astronomía de nuestro país, la primera mujer aceptada en el programa de doctorado de Astrofísica en la Universidad de Princeton y desde 2016 es Presidenta de la Academia Chilena de Ciencias, donde nuevamente es la primera y única mujer en el cargo. María Teresa se ha dedicado al estudio de estrellas muertas y destaca por haber descubierto la primera enana café en las cercanías del sistema solar, a la que bautizó Kelu, que significa rojo en mapudungún y no alude al físico de ningún artista.

También en 1997, se creó la Fundación Ciencia & Vida. El currículum de Pablo Valenzuela, uno de sus fundadores, no tiene nada que envidiarle a la trayectoria empresarial de grandes grupos económicos de nuestro país, aunque no cuenta con un apellido poderoso. En 1981 fundó Chiron Corporation en Estados Unidos y cinco años después regresó para formar BIOS Chile, hoy Grupo Bios. Le siguieron las empresas BiosCell y Andes Biotechnologies, enfocadas en la investigación sobre células madre y cáncer, respectivamente.

Este ímpetu por levantar emprendimientos biotecnológicos y comunicar los avances de la investigación made in Chile es hoy una necesidad. La encuesta nacional de percepción social de ciencia y tecnología 2016 reveló que sólo un 17% de las personas dice reconocer alguna institución chilena que se dedique a ciencia y tecnología. Si se consulta:“¿Sabía usted que la vacuna contra la hepatitis B, el descubrimiento del virus de la hepatitis C y la elaboración de un test de sangre para detectarlo, un dispositivo quirúrgico controlado por imanes para la extracción de la vesícula, un kit para la detección temprana de marea roja y el descubrimiento de un planeta que es tres veces más grande que Júpiter, son atribuidos a equipos científico-tecnológicos encabezados por chilenos?”, es desoladoramente probable que la respuesta sea “no”.

La ciencia chilena continúa siendo un enigma poco atractivo para las personas, incluso cuando este año en nuestro país se ha dado inicio a la fase de pruebas clínicas en humanos de la primera vacuna en el mundo contra el virus respiratorio sincicial, desarrollada por el equipo del bioquímico chileno de la Pontificia Universidad Católica de Chile, el dr. Alexis Kalergis. Esta enfermedad posee uno de los más altos porcentajes de mortalidad de menores de dos años en todo el mundo y, además, le significa al Estado chileno cerca de 10 mil millones de pesos anuales. A pesar de que la vacuna lleva 12 años en desarrollo, y se espera que sea aprobada el próximo año, difícilmente será tema de conversación en las salas de espera de los consultorios este invierno.

También este 2017, el primer nano-satélite elaborado completamente en nuestro país fue lanzado al espacio y se encuentra en constante comunicación con la base terrestre localizada en el campus de ingeniería de la Universidad de Chile. Este es un hito en la historia aeroespacial del país, que combina el avance tecnológico con las capacidades humanas desarrolladas producto de la investigación científica y el trabajo duro de los protagonistas de esta hazaña. Si noticias como esta no reciben la atención que merecen, y no se cumple con el objetivo de atraer a los jóvenes a estudiar una carrera en el área de ciencias y tecnología, se perjudica fuertemente el progreso del país.

Pero, citando a nuestro querido Nico Massú: «en la vida nada es imposible, amigo. Ni una cosa» (reemplazar amigo y cosa por los chilenismos originales).La tarea ha sido asumida por científicos jóvenes que buscan incentivar en los chilenos el interés por la ciencia, particularmente por la ciencia que se desarrolla en el país.La motivación más potente de entusiastas como Valenzuela es la impaciencia por traducir los resultados del trabajo en laboratorio a productos y aplicaciones a disposición de las personas. Hoy se necesita dar a conocer este trabajo, comprender su relevancia e invitar a multiplicarlo.

Los científicos son, en cierto modo, como los futbolistas: cuando Alexis anota el gol ganador del partido o Bravo detiene una pelota imposible en el último minuto, se desata la euforia de la hinchada y se respira felicidad por una semana entera. Poco antes de la llegada del siglo XXI, Chile se convirtió en el primer país latinoamericano en erradicar la desnutrición luego de casi tres décadas de investigación e implementación. Este triunfo social entregó una inmensa alegría a la población chilena, y probablemente permitió a Iván Zamorano disfrutar las contundentes cazuelas de su madre y así alcanzar la categoría de pichichi.

Hoy son varios los laboratorios chilenos dedicados a proyectos de gran impacto social, ya sea en el campo de la biomedicina, en el área de conservación ecológica y cambio climático, en mejoramiento agroalimentario o estudios astronómicos, por nombrar algunos. En unos años más los noticieros cubrirán la celebración de una masa de personas –ya no tan desconocidas– en delantales blancos reunidas en Plaza Italia, anunciando el resultado de alguno de estos proyectos u otro avance made in Chile.

Lorena Díaz
Ingeniera en Biotecnología Molecular de la Universidad de Chile. Sus áreas de trabajo son células troncales, terapia celular y biomedicina.

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